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Jueves, 6 de abril de 2006
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Cemento y silicona
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La cutre historia de Marbella, ante cuya destrucción permanecimos todos entre indiferentes y envidiosos -puestos de trabajo, jet divina organizando fiestas, prensa del corazón...- deja un poso de sabor ácido en la boca del estómago. Resulta todo tan pequeño, tan vulgar, tan 'paleto'. ¿Dios mío, se ha perdido incluso la grandeza del diablo!

Toda esta pandilla de aprendices -los billetes bajo el colchón, la silicona exagerada y los trajes sobaquiles con el mal gusto propio de los recién llegados-, resultan incluso ofensivos para quienes llevan generaciones lucrándose del sudor ajeno y destruyendo todo el planeta para mantener bien lustroso su jardín privado. Estos desgraciados, analfabetos funcionales, incultos y vulgares, se dejaron tentar un día por las divinas rubias con apellido noble y guerrero, fueron invitados a jugar una partida de golf y se creyeron elegidos por la gloria: entregaron una pequeña ciudad de pescadores a los hambrientos clanes de las mafias más refinadas a cambio de unas migajas.

Ahí están: rubias mal teñidas y con los labios inflados de silicona; trajeados y encorvados por el peso -noble en el pasado- de las azadas paternas. Sólo con imaginar los envenenados comentarios de sus antiguos anfitriones -esos que permanecerán al margen de la Ley hasta que cambien sus villas hacía territorios aún vírgenes y poblados por otros paletos deseosos de venderse-, siento una profunda vergüenza.

Mi admirada Coixet comentaba la impresión que le produjo un soldado violador y torturador, allá en la olvidada Guerra de los Balcanes; le resultaba tan tonto e ignorante, tan incapaz incluso para decidir por sí mismo la barbarie, que pensaba en él como en uno de esos miserables al borde siempre de la marginación que ven en una guerra la posibilidad de ganar dinero y follar. Violando y a lo bestia, claro como el mulo que ocultan bajo apariencia humana.

Estos corruptos sin estilo y tan peligrosos como ratas rabiosas en busca de su ración del envidiado pastel, se parecen a ese soldado entrevistado por Coixet: estaban en venta, bastaba con una invitación a jugar una partidita en algún privado club de golf, con el tuteo falsamente campechano de los verdaderos dueños del mundo, tan amables y cercanos en sus fiestas sociales, tan interesados por convertir Marbella en la cloaca de sus sucios negocios. Bastaba un ligero ofrecimiento de migajas y ellos se transformarían en sarnosillas ratas rabiosas capaces de convertir en mierda un paraíso que no les pertenecía.

Lo dicho, ante semejantes papanatas, una servidora echa de menos la grandeza corruptora del diablo clásico.



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