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Jueves, 6 de abril de 2006
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Sueños y pesadillas
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Una amiga suele decir que le gusta más leer a los artistas que a los escritores y tendrá sus motivos. A mí, la escritura de los pintores y de los escultores, los mejores de ellos han escrito bastante, me resulta muy críptica, no les entiendo, me suele parecer, incluso, que alucinan un poco, pero al igual que con los poetas, ocurre que, de repente, les pillo algo que suele estar muy sencillamente expresado y que resulta brillante, genial. Por eso, por extrapolación, deduzco que, posiblemente, el resto de las cosas que dicen serán, también, muy interesantes, aunque yo no alcance a entenderlas.

Me viene esta idea a la cabeza tras escuchar unas declaraciones de Pedro Chillida en torno a la tregua de ETA en la Cuatro. He oído y leído bastante sobre el tema esta pasada semana, y qué remedio. Han sido reflexiones de distinto interés y algunas muy bien expresadas pero, al escucharle a él, tuve la sensación de que ponía palabras a lo que yo sentía. Vino a decir, y lamento no poder transcribir sus palabras textualmente, que deseaba un país en el que cada vasco pudiera sentirse bien en su piel con independencia de su adscripción ideológica, en el que nadie se vea obligado a sumarse a lo que no comparte... Añadía luego que la idea de cómo somos los vascos, la nobleza y todo eso, es posiblemente una tontería pero también un bonito sueño que nos lo han estropeado y que eso jode. Con todo, concluía, lo superaremos porque somos buena gente.

De tenerle delante le habría dado un abrazo porque, quieras que no, compartir sentimientos conmueve. Además, debía estar yo emocionalmente predispuesto porque llevaba días que no me quitaba de la cabeza aquellos dramáticos llamamientos de Chillida padre, desde varias emisoras de radio, pidiendo a ETA la liberación del industrial Aldaya. Recordarán que las oíamos varias veces al día y que el mensaje se hacía más patético según pasaba el tiempo. Era como un triste y desalentado clamor popular en la voz de un hombre noble que ETA desoía. La declaración de una tregua permanente entonces, respondiendo a los deseos de la gente de buena voluntad que la solicitaba, nos habría producido más alegría que la que sentimos ahora, con ser grande, y, obviamente, nos hubiera ahorrado a todos mucho sufrimiento. Pero no pudo ser. Quizá porque se necesitaba más tiempo para que todo el mundo, sin excepción, percibiera la inútil y sorda crueldad del terrorismo de modo que a nadie en el futuro se le pueda pasar por la cabeza reincidir en el error. Para eso y para estar advertidos de que hay sueños que devienen pesadillas se precisaba, por lo visto, más tiempo.



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