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Jueves, 6 de abril de 2006
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La responsabilidad social corporativa
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Hace poco empezó a utilizarse el término y ha acabado causando furor. Muchos hablan de 'responsabilidad social corporativa', posiblemente una indebida traducción del inglés, aunque irremediablemente consagrada. Se ha hecho moda en el lenguaje de los expertos y de las empresas, pero tan de repente que no ha habido tiempo para su digestión. Prueba de ello es que los correspondientes informes se denominan caprichosamente 'de responsabilidad', 'de sostenibilidad' o simplemente 'memoria social'. Algunos lo equiparan a información sobre acción social, pensando seguramente en algo parecido a lo del monte de piedad de las viejas cajas de ahorro o rúbricas del presupuesto asignadas a donaciones, apoyo de fundaciones e incluso atención al medio ambiente. Se impone, pues, aclarar el concepto mismo.

Las empresas son portadoras de una misión o mandato, que cristaliza en unos objetivos concretos y una estructura de departamentos y niveles: es decir, el espíritu se hace carne y toma cuerpo en una organización. Como tal, una fábrica de jabones, pongamos por caso, encarna o recoge más o menos fielmente el mandato institucional de contribuir a la salud. Sin embargo, en su comportamiento cotidiano traicionará aquella misión si, por ejemplo, contamina el río que pasa al lado, dañando consiguientemente la salud de la gente. Una mano le quita lo que le dio la otra. Existiría, pues, en dicha fábrica una disonancia entre lo primero, lo institucional, que tiene que ver con el concepto de mandato o responsabilidad social corporativa (RSC), y lo segundo, lo meramente organizativo y su comportamiento práctico, irresponsable frente a la sociedad, aunque los accionistas se froten las manos de contento.

La RSC, precisamente por ser social, se entiende responsabilidad frente a todos: personal, proveedores, clientes/consumidores, comunidad local, sociedad, medioambiente, accionistas, gobierno corporativo, poderes públicos y, en general, los grupos de interés o 'stakeholders'. Se trata de una obligación que la empresa-organización deberá asumir si es consecuente con su condición envolvente de empresa-institución. Responsabilidad social corporativa sólo existe sensu stricto si se tiene en cuenta los intereses de todos los grupos de interés: por supuesto, dividendos y ganancias de los accionistas, pero también satisfacción no fraudulenta de los consumidores, transparencia fiscal frente a los poderes públicos y la sociedad, remuneración del personal y desarrollo de los recursos humanos. Abundando en esto último, sería socialmente irresponsable dañar la salud del personal, tratarlo con injusticia, convertirlo en apéndice de la máquina y alejarle del conocimiento, la participación y la iniciativa, etcétera. Se trata, pues, de algo relevante para la empresa y la sociedad misma, tan relevante como útil y estratégico, más allá de su abusada función de gestión de imagen y publicidad.

El concepto de RSC va más allá de la miopía economicista. Por el contrario, reclama abrir los ojos a su rentabilidad económica, como sí parece haberlo hecho las llamadas empresas excelentes. Digamos que la empresa es un piano y la buena ejecución de una pieza exige que respondan todas las teclas, sean negras o blancas. Cegarse por el beneficio tangible -atender sólo a un tipo de teclas- es a la larga suicidio o causa de graves quebrantos. Se ha calculado que el mal gobierno de World Com y Enron en USA supuso una merma del PIB estadounidense próximo a los 42 billones de dólares. Otro ejemplo, la irresponsabilidad de Nike en su política de proveedores y la explotación de trabajo infantil puso a la empresa al borde del precipicio. Es difícil calcular el lucro cesante por el mal gobierno y, en general, la deficiente responsabilidad social de la empresa. En todo caso, esa situación siempre se da en algún grado si la gestión excluye la necesaria devoción al cliente y a los proveedores, si no innova productos y procesos, si se promueve el absentismo y el mal clima laboral, si se contamina el ambiente, se omite la necesaria transparencia, etcétera. En un reciente estudio un equipo de investigadores hemos comprobado, en el sector de los seguros de vida y salud, que los mejores resultados económicos acompañan precisamente a aquellas empresas que, por su cultura, valoran más aquellos intangibles.

Lo dicho no excluye que los informes de responsabilidad social corporativa sean paradójicamente irresponsables, básicamente a causa de su opacidad. Prima el narcisismo y la venta de imagen, aunque haya empresas -Telefónica, Iberdrola y otras- que , según la clasificación del observatorio correspondiente, casi merecen ser consideradas excepción. En algunos casos, la mera publicación es útil porque se supone entonces que hay preocupación: sobre todo, cuando, como en el caso de empresas del sector energético, campos de golf, compañías del medicamento y otras procede aplacar sensibilidades. Aquí callar puede querer decir otorgar.

Cabe apuntar aquí el hecho de que las mismas guías orientadoras para la confección de dichos informes -una de las más manejadas es Global Reporting Initiative- parecen haber omitido de entrada indicadores que obviamente miden aspectos básicos de la responsabilidad y, en consecuencia, no son globales. Aunque en sucesivas revisiones se haya añadido tal o cual indicador, se sigue padeciendo el pecado de origen: es decir, no haber partido de un previo sistema basado en la literatura de los valores. Sólo así se podrá llegar a la globalidad, una especie de tabla periódica en la que estén todos los que son. Con todo, el propósito es bueno porque la buena gestión exige una visión total, la del pianista atento a todas las teclas para la ejecución de la excelencia.



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