Héctor Alterio (Buenos Aires, 1929) habla por los ojos. Verdes, claros, sinceros. Su discurso es reflexivo, pausado, y su mirada se enciende cuando habla del teatro -la «verdadera vocación» de un actor que acepta sin estridencias el paso del tiempo y el peso de sus 76 primaveras-, y de Argentina, el país que le vio nacer. Anoche estrenó en el Teatro Arriaga de Bilbao 'El túnel', adaptación teatral del libro homónimo de Ernesto Sábato, que estará en cartel hasta el próximo domingo. Alterio, a punto de ser abuelo, interpreta a un pintor asesino, un hombre sin rumbo que se ahoga en sus recuerdos. «Un personaje neurótico muy atractivo que me divierte y entretiene».
-Ha manifestado en alguna ocasión que a estas alturas debería llevar una vida de jubilado y regar las plantas. Pero aquí está, de gira.
-Si tuviera una jubilación acorde con mis compromisos económicos me hubiera retirado hace tiempo; como no es así, no tengo más remedio que seguir trabajando. Las migajas que te echan después de 60 años de profesión no te dan para nada.
-¿Teme al paso del tiempo?
-Me resisto ante muchas cosas, pero nunca ante lo inexorable. Hago frente a las circunstancias que me rodean lo mejor que sé, sin forzar. No voy a caer en la manía de algunas compañeras mías que tienen la edad no para jubilarse, sino para meterse en el sarcófago; se hacen 'liftings' y no sé qué más cosas. Se engañan a sí mismas.
-Tiene 76 años, ha hecho más de cien películas, decenas de obras de teatro, series de televisión... ¿Qué le queda por hacer?
-Nada. Sólo espero que la cabeza me siga funcionando. Estoy viviendo de la oferta y la demanda y le confieso que no tengo ni la inteligencia ni la necesidad de gestionar mis propios trabajos. Donde elijo, si puedo hacerlo, es en el teatro. En el cine y la televisión las cosas discurren por otros derroteros; ahí no tengo tantos prejuicios. Pero al teatro lo considero una profesión sumamente seria, que define mi vocación, mi forma de ser. Es donde me siento patrón de mi trabajo.
-¿'El túnel' es su trabajo más sombrío?
-Tiene de todo, hasta humor. No sé si es más o menos sombrío que los anteriores, pero está lleno de matices que me obligan a estar muy atento a mi trabajo.
Comprensión
-Interpreta a un pintor asesino, un individuo neurótico y perdido. ¿Ha llegado a comprender su tormento?
-La comprensión es necesaria. Si uno no entiende a su personaje no lo puede transmitir; si no me entretengo leyendo, no tengo ninguna posibilidad de entretener. Esto no quiere decir que comparta los principios de mis personajes, pero sí los asumo en mi trabajo.
-¿Hasta qué punto es legítimo comprender las atrocidades del ser humano?
-Los actores estamos jugando. Cuando éramos pequeños jugábamos a policías y ladrones y esta profesión nos permite continuar con ese juego transgresor. La única razón de mi profesión es hacer creíble el juego.
-'El túnel' recrea la parte oscura del alma, la verdad más desnuda. ¿Cómo se sale de esta cárcel?
-La contestación es difícil. Creo que cada uno sabrá cómo encontrar su propia salida, su propia luz en el túnel. Son disquisiciones muy complejas en las que dar un consejo se antoja casi imposible. Cada uno de nosotros tiene su túnel particular y debe buscar el camino correcto para abandonarlo.
A punto de ser abuelo
-Cuando era niño vendía mate, cigarrillos y perfumes en las calles de Buenos Aires. ¿Qué ha quedado de la Argentina de su juventud?
-Hemos padecido muchos desgobiernos que se han merendado a nuestro país. Los argentinos somos hijos de inmigrantes -Héctor Alterio es de descendencia italiana- y eso conforma una idiosincrasia muy particular que hace que todavía subsistamos pese a todo. De joven era muy tímido, enfermizo y solitario; me encontraba conmigo mismo al mirarme en el espejo del cuarto de baño. Ha pasado mucho tiempo, pero todavía añoro a mis padres, mi infancia, mi juventud....
-¿Le duele Argentina?
-Me duele, me alegra y la añoro. Ahora con las nuevas tecnologías puedo estar en contacto permanente con mi país. Para conseguir un periódico argentino hace treinta años tenía que ir a la Gran Vía de Madrid y encontraba un diario atrasado. ¿Y eso era una fiesta para mi, un acontecimiento!
-¿Volverá?
-Vuelvo siempre. Pero estoy a punto de ser abuelo -su hijo Ernesto será padre en cuestión de días- y todo eso conlleva que esté instalado aquí. Eso sí, regreso a Argentina dos o tres veces al año para hacer más llevadera la nostalgia.