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Jueves, 6 de abril de 2006
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Muy a menudo, cuando no nos agrada la imagen que de lo propio refleja el espejo, la primera e instintiva reacción es romperlo a martillazos. Sucedió algo así con Robert de Niro. Los miembros de una de las principales asociaciones norteamericanas de descendientes de inmigrantes italianos, la OSIA, protestaron no hace mucho en una carta abierta a Silvio Berlusconi contra la intención del primer ministro italiano de conceder a este actor inmenso, nieto de la emigración, la nacionalidad italiana a título honorífico.

Reprochaban los italoamericanos a De Niro haber ofendido su reputación y la de toda la península por perpetuar el estereotipo de italiano mafioso, de 'padrino', de canalla. ¿No fue él acaso el magnífico intérprete de papeles de don Vito Corleone, de asesino que se infla de espaguetis, de bandido asaltacaminos a la siciliana, de simpático muchachote matón? Ni siquiera se molestaron en preguntarse los denunciantes ofendidos en sus esencias y en su honor quiénes habían servido de modelo en el cine para representar a los personajes mafiosos. No sólo cuando De Niro mastica el argot hinchado de nostalgia de la Italia meridional, también cuando encuentra inspiración en matones de Nueva York o Chicago que aúnan allí sus raíces.

De Niro simboliza en su persona un talento, una gloria que no podría haber cultivado en Ferrazzano, el Sur mísero de donde partieron sus ancestros. No pueden soportar este símbolo los descendientes de los nacidos en «un paraíso habitado por diablos», como bien dijo el filósofo Benedetto Croce. Mirando a esa parte sureña nuestra de lamentable fama, la bella Marbella de horrendos corruptos y corruptas, ocurre otro tanto. Helos ahí, vestidos como paletos endomingados ocultando sacas de dinero bajo el colchón. Populistas elegidos con los votos de los marbellíes. Resulta duro contemplar para el residente ciudadano ese retrato de frente y de perfil y panorámico de su pueblo, mientras se vela lo que hay de puro y claro en el paisaje difuminado de fondo. Disparar contra los que pintan con realistas trazos negros la verdadera situación conduce sólo a ennegrecer aún más el tenebrista lienzo tomado, de todos modos, del natural ensuciado.



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