Comienza el partido en Mendizorroza y el Athletic demuestra en unos segundos lo que pretende realizar durante hora y media. Decepción y primeros bostezos. Decepción y primeras sospechas de que uno se ha equivocado de lugar y -una vez más- no está donde debería estar una bella tarde de domingo. Pasan los minutos. Se confirman los peores presagios. A uno le entran ganas de besar su acreditación de prensa y, necesitado como está de reafirmarse, se felicita porque, de lo malo malo, no ha tenido que pagar 60 euros en la taquilla. (Breve repunte de la autoestima).
El balón va y viene como un globo pinchado. Cualquier parecido con el fútbol al que uno se aficionó de niño es pura coincidencia. Todo es monocorde, aburrido y previsible. Lo que en términos científicos se denomina un coñazo. Y lo peor es que ese ir y venir tiene efectos adormecedores, casi paralizantes, como uno de esos dardos que se disparan a los tigres o a los rinocerontes para poder colocarles un dispositivo de control remoto en la rabadilla. Algo así. A la molicie se suma el sol primaveral y a éste los vapores y efluvios de una digestión inevitablemente más pesada que de costumbre. Y entonces, sentado en su cabina, a uno le da por divagar en un duermevela apenas interrumpido por los voluntariosos arreones narrativos de un locutor de radio amigo.
Y divagando uno se pregunta por qué motivo Javier Clemente, con 56 años ya cumplidos y un merecido hueco en la historia del Athletic, necesita seguir siendo original en todos los partidos. Y se pregunta también a qué se debe el hecho misterioso de que, puesto en la tesitura de tener que elegir entre la gloria del intento que diría Don Quijote y la vulgaridad de la renuncia, a este hombre siempre se le caiga la tostada por el lado de la mantequilla y opte por la solución más conservadora.
Divagando uno piensa en el pedazo de temporada histórica que nos estamos tragando así por las bravas, sin merecerlo, sin guarnición y sin una palabra más alta que la otra, como unos señores del mismo centro de Bilbao. Y piensa también en lo que escribirá al acabar el partido y en la maraña de argumentos manoseados en la que inevitablemente caerá. (Breve desplome de la autoestima).
Divagando en Mendizorroza uno se acuerda de su abuelo Juan, que con 92 años estará escuchando el partido. Se lo imagina sentado en el mirador, con la radio a todo volumen, lanzando alguno de sus juramentos de alta mar en vista de la pobreza absoluta del juego. Siempre he entendido los cabreos de mi abuelo con su equipo del alma. Cuando uno crece admirando a Blasco, Lafuente, Chirri, Iraragorri, Bata o Gorostiza y celebrando sus títulos y los de sus sucesores, su nivel de exigencia queda marcado para toda la vida. Porque hubo otros tiempos, claro que sí.
Pensando en ellos uno recuerda a Isidoro Urra. Se murió hace unas semanas. Fue un tipo entrañable y un centrocampista correoso y fajador. Un pulmón. Ganó dos Ligas y cuatro Copas con el Athletic. En la final de 1943, ante el Real Madrid, fue el mejor jugador sobre el campo junto a Lezama. Sin embargo, el Athletic, un club de tanto pasado como poca memoria, no debía estar muy enterado de este y otros extremos. De lo contrario, quizás la megafonía de San Mamés no se hubiera olvidado de citar su nombre, junto al de Telmo Zarra, en señal de luto por su muerte. Y uno piensa en lo injusta que es la vida, en el contraste sangrante entre el olvido hacia un campeón como Urra y los parabienes y millones que se llevan esos mismos jugadores a los que no ve dar dos pases seguidos.
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