Hasta los espías se desvanecen. Hay una cultura del olvido en general que sustituye las imágenes y las personas a un ritmo vertiginoso. Los cadáveres pueden ser del pasado y parecer que aún continúan vivos. Aunque en realidad no lo estén. El hombre que espió al IRA no era un testigo protegido bajo una palmera, con una imaginaria identidad, sino un desgraciado con el pasado confuso de quien ha permanecido toda su vida disimulando. Extrañado ahora como un inconveniente y presa de la razón intranquilizadora de que 'Roma no paga a traidores', vivía como un miserable, expuesto a la luz en un remoto pueblo de Irlanda como vampiro, razonablemente consciente de que podía resultar desintegrado en cualquier momento. Como así ha sido. Al revelar su identidad quiso zafarse de las acusaciones británicas que lo señalaban como un espía del IRA, cuando en realidad siempre ejerció como agente de su graciosa majestad.
Denis Donaldson es el único individuo de toda Irlada al que le ha venido fatal la paz. Apareció muerto, completamente muerto, al fin, sin que nadie haya reivindicado su asesinato. Sólo el primer ministro irlandés adjudicó el crimen directamente al IRA. Puede ser una señal de sus fantasmas, en la hipótesis de que se haya quitado la vida o el testimonio delirante en el umbral mismo de la paz de quien quiere evitar otras deserciones y está dispuesto a crucificar a los traidores a lo largo de los camino. O sencillamente la secreta expresión de quien quiere hacer zozobrar el proceso. Si así fuera, el carácter mafioso del terrorismo se antepondría a su virtual asimilación a la convivencia, dentro y fuera de los contornos del Estado. Pero ésa es sólo una posibilidad entre un millón. Porque los cadáveres que han permanecido vivos durante demasiado tiempo no delatan las fuerzas oscuras que se los llevaron definitivamente. Pudo ser una madre desolada, una vendetta de la organización terrorista o un vulgar ajuste de cuentas. La vida de estos individuos está jalonada de infinitos pozo negros que se van cerrando en falso con la precipitación de una supervivencia precaria. Nada se ve desde arriba, pero hay una congoja inaudita a cada paso producto de una condena a muerte aplazada. Su cabeza, incluso, suele ser una perversión. Dice Íñigo Gurruchaga que este caso renueva el interés por Freddie Scappaticci, el jefe de un comando del IRA, en realidad un supuesto agente británico, que habría matado a colegas de menor rango para mantener su posición y ahora retirado en Sicilia. No es ya el desdoblamiento de personalidad, Jeckyll y Hyde, sino la fractura de su exclusiva mente asesina en cientos de pedazos sin escrúpulos. El mercenario al servicio del mejor postor que acaba perdiendo la pista de su verdadera identidad y asume otras igualmente terroríficas y falaces. Todas ellas sirven de alimento a las cloacas del poder, donde el Estado se presume legitimado para asesinar con impunidad en defensa de quién sabe qué valores democráticos y conquistas de nuestra civilización.
Asesinado Donaldson, hay otro preparado para seguir su suerte. Saturno devora a sus hijos. j.l.penalva@diario-elcorreo.com