El Correo Digital
Viernes, 7 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Evitar errores pasados
La ocasión que nos brinda la situación creada tras la declaración del alto al fuego debe ser aprovechada esta vez para intentar evitar los errores que se cometieron durante la tregua de 1998 y el pacto de Lizarra. Sin ánimo de ser exhaustivo, parece evidente que aquel intento fracasó, básicamente, por tres razones. En primer lugar, estaba la propia caracterización de la violencia. Se entendía la acción armada de ETA como una consecuencia inherente al conflicto político, lo cual implicaba contemplar el cese definitivo de ETA como uno de los resultados que nos traería el proceso de resolución del problema. No sólo no se distinguía entre pacificación y normalización, sino que se concebía la normalización como una condición necesaria para la superación del conflicto violento.

En segundo lugar, se confundió la resolución del conflicto político con lo que es un proyecto de construcción nacional. No se trataba tanto de pactar un modelo de convivencia entre vascos cuanto de ofrecer al Estado para su aceptación un marco de relación, resultado del ejercicio práctico del derecho a decidir. El instrumento democrático en el que se debía sustentar esta estrategia no era el del consenso, sino el de la presunta mayoría soberanista. En tercer lugar, consecuencia de lo anterior, el proceso estuvo viciado de origen al no contar desde el inicio con todos las formaciones y ello favoreció que se instalaran entre nosotros dinámicas frentistas. El modelo de Lizarra fracasó por la inmadurez y el militarismo de ETA, pero también y de manera muy relevante e influyente por las enormes limitaciones sociales, políticas y territoriales que presentaba Lizarra.

Hoy, afortunadamente, parece más claro que nunca que la pacificación y la normalización política se ven como dos problemas de naturaleza distinta, que conviene no mezclar ni vincular. Además, creo que es bueno para todos que previamente se encauce y se consolide con carácter definitivo el cese de ETA. Es bueno para esta organización y sus presos, pues ello le permitirá una negociación más eficaz de sus asuntos con el Gobierno. Beneficiará también a Batasuna, que podrá ganar o recuperar la legalidad, para combatir y compartir en igualdad de condiciones con sus adversarios. Será bueno para el diálogo entre las formaciones políticas, que les permitirá abordar las soluciones para la convivencia sin tener que aguantar 'razones coactivas' o infundadas y socorridas 'razones de Estado'.

Pero también interesa al nacionalismo, sobre todo a aquel nacionalismo que cree en su proyecto y en su viabilidad democrática por el respaldo social que tiene, sin necesidad de recurrir a impulsos provenientes de extraños acompañamientos. Corrigiendo errores anteriores, hoy es imprescindible promover iniciativas integradoras, a fin de que desde el principio nadie esté excluido ni se sienta separado. Por eso mismo, es importante evitar dinámicas que en aras de una supuesta estrategia de acumulación de fuerzas provoque realmente la inviabilidad no sólo del posible arreglo, sino también de la propia mesa del diálogo. El buen fin del proceso de pacificación y normalización requiere cuando menos la confianza y la lealtad mutua entre los tres vértices del triángulo en el que se va a sustentar dicho proceso.

x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com



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