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Viernes, 7 de abril de 2006
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El apóstol Xavier
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En una de las salas de lo que cabe entender como 'Cuartel general de las Congregaciones Marianas' de la Compañía de Jesús, en Roma, se exhibe un carta de un 'pez gordo' de esta institución. La misiva está dirigida a todas las casas o comunidades de jesuitas que existían, ya numerosas, en aquel tiempo. Ni Ignacio de Loyola ni Francisco de Xavier habían subido aún a la gloria de los altares. Ocurría, sin embargo, que las gentes del pueblo, en toda Europa, aclamaban al de Xavier por santo con mucho mayor fervor y devoción que al de Loyola, pese a ser éste el fundador de la Compañía de Jesús y el padre Francisco, por el contrario, sólo el «devotísimo hijo» del que era para él «el verdadero y único padre del alma». La carta contiene una petición-mandato: que los jesuitas de todo el mundo traten de contener lo más posible el ardoroso aplauso del pueblo cristiano por Francisco de Xavier, el genial apóstol de India y de Extremo Oriente, muerto en la pequeñísima isla de Sanchián, a unos palmos nada más de las puertas que podrían darle acceso al gran Imperio Celeste de China.

La carta justifica esta sorprendente petición con un no menos sorprendente argumento: que no parecía ni conveniente ni justo que el 'hijo' precediera o se adelantara al 'padre' a la hora de subir a la gloria de Bernini. Como mucho pudiera desearse que ambos lo hicieran el mismo año, el mismo día y en un mismo ritual. Como así fue.

Francisco de Xavier e Ignacio de Loyola fueron solemnemente canonizados en la Basílica del Vaticano el 12 de marzo de 1622. Habían pasado ya nada menos que 70 años desde la muerte de Xavier, en el amanecer del 3 de diciembre de 1552. De la agonía y muerte del misionero navarro sólo fue testigo su fiel catequista y traductor, el 'chino Antonio'. Todos los demás le habían abandonado; incluso Álvaro Ferreira, su compañero de misión, hermano coadjutor de la Compañía de Jesús. Y el indio Cristóbal. Y el intérprete de lengua china que Xavier había contratado meses antes. Y los mercaderes portugueses que mucho le querían, a buen seguro, pero que aún estimaban más sus negocios y temían perderlos si Xavier se introducía clandestinamente en China y lo hacían preso. Y hasta Jorge Álvares, amigo del misionero desde tiempo atrás, quien, al llegar el padre Francisco a la isla, había tenido la deferencia de hospedarle en su casa -una simple choza- y le había cuidado en los primeros días de la pulmonía que acabaría con la vida del santo. También éste le dejó tirado. Desapareció un buen día sin ni siquiera despedirse.

Parece hasta mentira! Desde casi los primeros días de sus once años y medio de misionero en las Indias Orientales, en las islas de Oceanía y en Japón, a Xavier le había acompañado siempre -y cada vez más- la fama de santo. Lo decían las buenas gentes del pueblo, indios, malayos, molucos, portugueses de Goa. Y lo decían las personas de alto copete. Como el señor de Bungo, en Japón, Otomo Oxixige, quien hecho cristiano por Xavier, había tomado en el bautismo como propio el nombre de su bautizador; o como el cardenal Cervini -poco después Papa Marcelo II-, quien sabedor de que Ignacio de Loyola había llamado a Xavier a Roma, había exclamado con lágrimas en los ojos: «Si Xavier viene a Europa no será menester que llegue a Roma para que le veamos; iremos a abrazarlo en Lisboa».

Y es que la figura heroica y santa de Francisco de Xavier se imponía a todos. Felipe III, rey de España, se apresuró a pedir su canonización. Hizo lo mismo el Consejo de Estado de Portugal. El episcopado de India, reunido en Concilio Provincial en 1606, pidió en nombre de todos los cristianos del inmenso país asiático el ascenso de Xavier a los altares. Al poco de morir el padre Francisco -cuatro o cinco años después de su muerte- se habían iniciado, con miras a su futura canonización, los procesos informativos en Goa, en Cochín, en Malaca. Las guerras entre los reyezuelos de las Molucas y los problemas jurisdiccionales entre España y Portugal a cuenta de Japón imposibilitaron hacer lo mismo en estos escenarios del celo misionero del candidato a santo. Fueron convocados, pese a ello, no menos de 62 testigos. Andando el tiempo, se sumaron los testimonios obtenidos en los procesos de Lisboa, Roma y Pamplona, Quilón y Travancor, en Manar y en la Costa de la Pesquería. Todos estos documentos han llegado íntegros hasta nuestros días, a excepción -¿qué dolor!- del llevado a cabo en la antigua capital del reino navarro. De éste sólo nos quedan 19 hojas, alguna con la paginación número 146, que no parece, además, ser la última

Del contenido de estos testimonios se concluye que Francisco de Xavier era de «hermosa figura y buena salud», en palabras de su primo el doctor Navarro. El padre Texeira, que convivió con Xavier en las misiones de India y fue su primer biógrafo, le veía «de estatura antes grande que pequeña. El rostro bien proporcionado, blanco y colorado, alegre y de muy buena gracia; los ojos negros, la frente larga, el cabello y barba negros». Otros testimonios añadirán que en la frente espaciosa se insinuaban «dos venas harto gruesas, moradas y blandas, como suelen tenerlas las personas de talento y aplicación». La sandalia del misionero navarro que se conserva en Coimbra da fe de que Francisco contaba con unos pies grandes y fuertes.

Hay testigos de sus once años como estudiante, primero, como profesor, a continuación, en París, que lo destacan como buen jinete y campeón en la carrera y en el salto entre los estudiantes de la Sorbona. El propio Xavier, en carta a su hermano Juan, dice de sus primeros tiempos parisinos: «Acá todos se me hacen muy amigos», lo que nada tiene de extraño cuando varios testigos afirmarán años después que la amabilidad en el trato era la cualidad más sobresaliente de su carácter.

Como misionero fue decidido. Una vez que, tras horas de oración, se convencía de que Dios le quería para un cometido, no había fuerza humana capaz de detenerlo. Abundan los ejemplos al respecto. Se determinó a pasar a Japón aunque fuera a bordo del junco de un pirata chino. Consciente de que se jugaba el pellejo, se impuso la empresa, contra viento y marea, de entrar clandestinamente en China: «O en la corte de Pekín o en la cárcel de Cantón». ¿Y no lo decía por decir! Tan de cerca veía el riesgo en esta 'aventura' apostólica que encomendó a un mercader portugués, su amigo, el traslado a Malaca del cáliz con que celebraba a diario la misa. Temía que, si llegaban a detenerle, el cáliz fuera objeto de profanación ¿Tuvo que costarle el no poder decir ya más la misa de cada día!

Fue también un navarro inteligente. Maestro en Artes, esto es, filosofía, a la edad de 24 años por la más famosa universidad de su tiempo -en la que se daban cita hasta 4.000 jóvenes universitarios de 39 países de toda Europa-, obtuvo la cátedra de esta disciplina en el Colegio Beauvais, tarea que ejerció durante siete años al tiempo que estudiaba teología. Por sus ires y venires a lo largo y ancho de medio mundo, añadió el conocimiento del italiano y del portugués al euskera, español y francés, que se hablaban de corrido en su hogar del castillo que le vio nacer el 7 de abril del año de gracia de 1506, martes de Semana Santa. Mal que bien se hizo con la lengua de los goanos y con el tamul o malabar de los paravas y de los macuas. Tropezó, sin embargo, en el aprendizaje del japonés y más aún en el del chino.

Vertió su conocimiento de tantos idiomas en unos cuantos escritos. Acostumbraba a tener a su lado a algunos de sus fieles traductores. Tal, valga por caso, a Pablo de Santa Fe, que le ayudó a redactar un catecismo para los japoneses, unos cuantos sermones en lengua nipona y hasta todo un pequeño tratado sobre la vida de Jesucristo y otro sobre el origen del mundo. El padre Xavier trataba de memorizar sus propios textos para predicarlos o enseñarlos en las catequesis. ¿Pero, Dios, qué sudores! Y, por si fuera poco, este misionero navarro, tesonero y cabezón, pidió a su fiel traductor que vertiera al chino estos textos que él pretendía ir aprendiendo poco a poco de memoria. En portugués redactó un devocionario con las oraciones cristianas más precisas. En lengua malabar, un método de catequesis para los cristianos de la Pesquería y Travancor. Para los de las islas del Moro, una explicación del Credo. Y otros dos catecismos para los niños de India y Malaca, amén de varios memoriales sobre la situación de las misiones con destino al rey de Portugal y otros 29 escritos con avisos espirituales y pastorales para los misioneros. Su producción literaria más importante reside, con todo, en sus cartas. Escribió, que se sepa, hasta 190, de las que han llegado hasta hoy algo más de un centenar.

¿Y cosas maravillosas de la vida! Este apóstol de tantas tierras e idiomas murió, consumido por la fiebre, musitando algunas plegarias en su lengua materna, el euskera que había aprendido de su madre María de Azpilicueta, natural del Baztán, y de su queridísima doña Violante, su madrina de bautizo!



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