Me llamó la atención una fotografía que apareció el martes pasado en un periódico de tirada nacional. En ella se veía a un grupo de ocho militantes de Izquierda Unida que se habían encerrado en el Ayuntamiento de Marbella tras una pancarta blanca en la que podía leerse en grandes letras mayúsculas: 'Llevábamos razón'. Hacía muchos años que habían empezado a denunciar las irregularidades y nadie les hacía caso. Me impresionó esa foto porque caí en la cuenta de que ése es, muchas veces, el único consuelo que le queda a la gente. El pensar que tenía razón. A pesar de que la realidad parecía empeñarse en demostrar, con su indiferencia y su desparpajo, que no era así. Lo que ha pasado en Marbella es una patología del sistema y por supuesto urge actuar sin vacilaciones. Miren donde miren, si quieren mirar, verán los mismos métodos, el mismo apego a la ostentación y los cochazos de lujo, la misma estética, actitudes y gestos similares: quizá a un nivel más discreto, pero con idéntico modelo. Los partidos políticos deberían empezar a examinar lo que tienen por ahí. Pero más que seguir con este tema, pretendía reflexionar sobre la mezcla de sentimientos y sensaciones, a veces contradictorios, que se agolpan en el hecho de que, al final, al cabo de mucho tiempo, la realidad admita que llevabas razón, después de habértela negado una y otra vez. Si algo está suficientemente demostrado en la historia de la Humanidad es que tener razón no significa nada frente a tener poder. Y que, a menudo, el poder parece experimentar una extraña complacencia en hacer exhibición de este axioma. Bush ganó las segundas elecciones después de haberse visto obligado a admitir ante el mundo que no tenía razón y que había iniciado una guerra basándose en unos informes deliberadamente falsos. La mayor parte de los habitantes del planeta podíamos habernos manifestado entonces tras una pancarta que diera la vuelta al mundo con el mismo lema: 'Llevábamos razón'. ¿Y qué? Quizá sea un consuelo que a uno le reconozcan, aunque sea tarde, que tenía razón. Pero es un consuelo amargo y triste. Lo es, porque en el fondo significa: «Ya sabíamos que tenías razón. Pero a nosotros no nos importaba en absoluto que la tuvieras. De hecho, sólo queríamos demostrarte que tú, ni siquiera con toda tu luminosa y recta razón, podías evitar que nosotros hiciéramos lo que nos viniera en gana». Cuando a uno le dan la razón tarde, lo que siente no es ya una gran alegría ni ganas de ponerse a tatarear zarabandas, sino más bien la constatación de que se han estado burlando de él durante mucho tiempo. Y respecto al final del terrorismo de ETA podría sin duda decirse algo parecido.