Decía Fernando Lázaro Carreter, quien tantos y tan certeros dardos clavó en las palabras, que el diccionario es más que un inventario de palabras, es casi un código moral. Así que, recurramos a uno de esos tratados: Se entiende por sexismo la actitud discriminatoria de quien hace distinción de las personas según su sexo. También lo es, sin duda, la de quien infravalora a las personas del sexo opuesto, pero no es eso lo que hoy interesa.
Mañana, un grupo de mujeres de todos los partidos, menos el PP, presentarán en San Sebastián un documento a favor de la paz y la reconciliación. Y es curioso que esto suceda precisamente en Guipúzcoa, provincia en la que las mujeres tienen abierta más de una brecha por la discriminación a que son sometidas. Pero tampoco esto es lo que interesa.
Cuando se plantean dudas sobre la pertinencia de determinadas cuestiones -la construcción de una frase, el origen de una idea, determinada actitud- suelo aplicar un truco que pocas veces falla: la regla de la inversión. Y no es necesario poner demasiados ejemplos para entender el mecanismo. Basta con adaptarla al caso que nos ocupa. «Este sábado un grupo de hombres de todos los partidos ( ) presentarán un documento a favor de la paz». Y estaba liada. No quiero imaginar la de horas de conversación que nos llevaría el tema si a alguien se le hubiera ocurrido plantearlo así. Está claro que, si esta segunda opción es sexista, también lo es la de origen.
Me pregunto qué contiene ese documento que imposibilita a un hombre, a algunos, o a todos ellos, a la hora de aportar su firma y suscribirlo. Ni siquiera una de esas cuestiones de género -del de verdad, del gramatical- parecería motivo suficiente. Por ejemplo, que el documento estuviera redactado en femenino, tipo 'las abajo firmantes '. Ni en ese caso se me antoja razón suficiente. Habrá quién recuerde aquel manifiesto difundido a la salida de la dictadura bajo el título 'Yo también he abortado' y que firmaron muchos hombres, entre ellos Santiago Carrillo.
Quizá no se trate de una cuestión de género gramatical sino de eso que se ha venido en llamar de la misma forma y hace referencia al mundo femenino. Se está extendiendo la especie de que las mujeres estamos especialmente dotadas para el perdón y la reconciliación. Quienes lo sostienen y difunden parten de que la maternidad viene asociada a todo un aluvión de sentimientos positivos y de clemencia.
Y la experiencia nos enseña que la atribución con carácter general a un colectivo de determinadas cualidades, además de tener una base endeble e infundada, y en este caso muy cursi, puede finalmente devenir en acusaciones a quienes no encajan en el cliché.
Aunque quizá de lo que se trate es de demostrar que las mujeres podemos lograr acuerdos por encima de la adscripción política de cada cual, que la paz lo merece. Queda una duda muy pequeñita: ¿Por qué no merece la paz que ese documento pueda ser firmado por hombres y mujeres? ¿Por qué no lo han merecido antes otros cánceres sociales?
Si se trataba de que todas las mujeres militantes, al margen de adscripciones y doctrinas, firmaran el documento, el objetivo no se ha cumplido: faltan los nombres de las mujeres del PP. No son las únicas que se han quedado solas. También se han quedado a la intemperie las mujeres del PSE-EE: su ejecutiva se ha desmarcado expresamente del contenido del acuerdo.
El documento, además, incurre en una notable contradicción. Asegura que la paz es una «exigencia colectiva, una prioridad política y una tarea de todos». Pues eso, de todos.