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Viernes, 7 de abril de 2006
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Dostoievski
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Lo colocaron frente a un pelotón de fusilamiento, y los mandamases de la Rusia zarista conmutaron la sentencia en el último instante. La literatura universal no perdió a uno de sus mejores escritores y títulos como 'Los hermanos Karamazov', 'El idiota' o 'Crimen y castigo'. Ahora se cumplen los 125 años de la muerte del novelista.

Obsesionado por el sufrimiento y la inclinación del hombre hacia el mal, Dostoievski escudriñó en la mente y el corazón humanos, y yo me aficioné a sus obras de crío, tal vez porque yo entonces sufría mucho. Asistía a las clases del Gasolino, un profesor que campsaba de veras. Recibía a menudo los bofetones del padre Castigo, digo Castillo, un sacerdote que arreaba unos zurdazos que necesitabas un fin de semana para reponerte. Y por si esto no fuera bastante, me pasé varios cursos redactando trabajos extensísimos sobre Napoleón, el Príncipe de Viana, Juana la Loca para el hermano Huarte, un medio cura que rompía los trabajos delante de tus narices si no le gustaba la portada.

Los fracasos amorosos, la pobreza y las tragedias familiares ensombrecieron la existencia de Dostoievski. A los cuarenta y cuatro años contrató los servicios de una jovencísima mecanógrafa, Anna Snitkina, con la que terminó casándose y vivió feliz hasta el final de sus días. Dostoievski era un fetichista de los pies: «Me arrodillo ante ti y beso los dedos de tus queridos pies un incontable número de veces», escribió a su esposa. «Gozo imaginándomelo cada minuto». En esto Dostoievski tenía conmigo un punto en común: Yo también estoy pendiente de los pies de mi mujer, por si acaso me arrea una patada en el nervio ciático, que ahí es donde más me duele, bien lo sabe ella.

Dostoievski se reunía de joven con un grupo de intelectuales que charlaban sobre las teorías de escritores socialistas. En aquellas tertulias se infiltró un policía y todos fueron detenidos. A Dostoievski lo colocaron frente a un pelotón de fusilamiento, cumplió cinco años de trabajos forzosos en Siberia y trabajó como soldado raso. Aquí debo agregar que a mí también me han querido ejecutar, y que mi suegra estuvo a punto de conseguirlo. Hasta ahora no se ha salido con la suya; por eso ustedes acaban de leer esta columna tan apañadica.



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