Grande Baskonia. En una noche épica, impulsado por un Fernando Buesa Arena incandescente, la tropa de Perasovic materializó el milagro. Porque su encarnizado cruce con el Panathinaikos agotará todas las entregas. El OAKA decidirá el desenlace a tan vibrante pulso. Un epílogo digno de la categoría y corazón desplegados por ambos aspirantes.
Gracias a que el TAU Cerámica dio un paso al frente. Era el momento. Se decidió a dejarse la piel en cada posesión. Sudó sangre. Tiró de corazón cuando la cabeza no le respondió. Sacrificado hasta la extenuación, completó una noche mágica. La conclusión que soñaba su fiel hinchada. El resultado que merece un club de esta categoría. El 'skyline' de Praga continúa nítido en el horizonte. El vigente subcampeón de la Euroliga se resiste a abandonar su preciada plaza.
En un encuentro, además, de tensión superlativa. Por la suprema calidad del oponente, por los sorprendentes problemas electrónicos en el marcador y -ante todo- por el voluble criterio arbitral, que desgraciadamente ha dejado de ser noticia.
A todos estos factores se sobrepuso el Baskonia más tozudo del curso. En un ambiente de gala -la intensidad con que se aplicó la afición dejó en entredicho el volumen alcanzado por sus homólogos griegos en el OAKA-, el TAU se resistió a hacer mutis por el foro.
Le costó un mundo. Ya que el Panathinaikos se empeñó en demostrar todas sus dotes defensivas. Que son múltiples y, además, las ejecuta con tal armonía que rozan el arte.
El plantel azulgrana acertó a acoplarse a tan eléctrico clima. Con Hansen y Scola como tenores principales, golpeó primero (13-7, minuto 6). Las llamas sobre el parqué terminaron de inflamar a la grada, que ayer mereció una matrícula 'cum laude'. Sin embargo, el campeón ateniense contrarrestó cada conato de euforia con una facilidad pasmosa. En un resoplido, vamos.
Larga e intensa
Estaba claro que la noche iba a ser larga, dura e intensa. De ahí que 'Peras', previsor, se decidiera enseguida a dosificar a los suyos. Era fundamental que los protagonistas llegaran frescos al final de etapa. Y a diferencia de lo que sucedió en el primer acto, el representado en Atenas el pasado martes, en éste la mayoríá de los azulgranas agregaron granitos de arena.
La cuerda se tensó de verdad a 7.11 para el descanso. Gracias a una canasta de Scola, el hombre a quien todos miraban en esa fase. Su 30-20 generó la primera subida seria de azúcar. En especial a un gesticulante Zeljko Obradovic, quien no paró de opositar a la Mejor Interpretación Dramática.
Llegados a este punto, el trío arbitral constató que los rumores iniciales eran ciertos; sufrían un raro virus. Sus caras adquirieron una extraña tonalidad verde, el mismo color que baña el escudo del Panathinaikos. Con el paso de los minutos, eso sí, fueron capaces de sacar de sus casillas hasta al gigante heleno.
La atinada política de rotaciones afectó entonces a Prigioni. Y su naufragio, aparte de avivar un poquito más el debate sobre la precariedad en el puesto de segundo base, obligó a Perasovic a llamar con urgencia a Ukic.
Tanta emoción se le atragantó a más de uno. Por ejemplo, a uno de los ayudantes de Obradovic que, al enfilar ambos equipos hacia el túnel de vestuarios, evidenció su innata capacidad para ejercer de matón de barrio al encararse sin razón aparente con varios integrantes del Baskonia.
Aún así, el TAU mantuvo la compostura. Entero pese a las andanadas rivales o a los sonrojantes fallos del marcador de posesión, que estuvieron a punto de costar un disgusto enorme al anfitrión.
El Panathinaikos apretaba de lo lindo, pero sin acertar a voltear el marcador. Cuando pisaba territorio vitoriano regalaba el balón, erraba en los tiros libres o recibía un puñal sin previo aviso del numantino oponente, donde Splitter jugó como si tuviera diez años más. En los visitantes las alternativas se redujeron a Lakovic. Mientras que en los locales -a pesar del peaje de las faltas- las respuestas llegaban de más sitios. Esa colectividad obró el milagro. Atenas decidirá el billete a Praga.