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Domingo, 9 de abril de 2006
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No quiero iniciar una especie de guerra de religión en estos momentos, ni mucho menos, pero en las disputas entre clientes y tasqueros en lo que se refiere a la oferta hostelera una vez concluidas las fiestas de La Blanca, debo ponerme al lado de la desatendida clientela, indígena o foránea. Porque a veces el asunto adquiere matices de tomadura de pelo.

Vitoria, después de las fiestas patronales, es un desierto urbano con buena parte de los bares cerrados, los restaurantes 'missing', los locales de ocio en cuarentena cuaresmal y la sensación penosa de que de aquí se ha ido todo el mundo, incluidos los que se han quedado.

Sus razones, muy estimables, tendrán los señores hosteleros, pero deberían explicarlas mejor. Convertir la capital del País Vasco en un desierto por el que usted camina como si hubiera aterrizado en Marte no me parece una buena idea, ni desde el punto de vista económico ni de ningún otro.

Dice el gremio de hostelería que no es para tanto, que siempre queda algo abierto y que la gente se va en masa, pero eso no es del todo cierto. Los establecimientos no están cerrados porque la gente no acude, sino que no acude porque están cerrados. Elemental, querido Watson.

Pero no hay que ir tan lejos: pruebe usted a recorrer esas tascas de pecado un domingo por la tarde, o incluso por la mañana y se encontrará con que al final no encuentra nada o poca cosa.

Evoco de mis viajes a mi amada Barcelona la desolación que se respiraba en los barrios periféricos una tarde dominical, pero eran sólo en los barrios periféricos. El centro era bullicioso como de costumbre y todos los locales estaban abiertos.

No sé si a ustedes les habrá pasado, pero a mí sí: caminar por ahí un mediodía o una tarde de agosto, toparse con una familia evidentemente extranjera y tener que responder a sus justos requerimientos anunciándoles que lo van a tener muy duro si quieren comer en un restaurante. Nunca lo entenderé: se trata de ponerse de acuerdo entre el sector, planificar las cosas y hacerlas bien. Si no, nuestros ilustres visitantes preferirán recalar en localidades más afectuosas.

c.p.uralde@diario-elcorreo.com



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