Ni derrapes, ni acelerones, ni mucho menos 'piques' al volante. El olor de los neumáticos quemados o el ruido de los frenazos no llenaron las calles del polígono de Júndiz la noche del viernes. La Policía Municipal montó un dispositivo de vigilancia que impidió la celebración de las multitudinarias carreras ilegales.
Si la semana pasada la Guardia Urbana irrumpió en el recinto al poco de comenzar las exhibiciones, en esta ocasión no hubo tiempo ni para un subidón de adrenalina. A las diez de la noche, el escaso y triste ambiente ya lo hacía presagiar. Sólo unos cincuenta jóvenes esperaban en pequeños grupos o en los coches aparcados el inicio de la diversión. También los agentes.
Dos vehículos municipales patrullaban las calles del polígono, mientras un tercero permanecía apostado cerca de la rotonda que une Júndiz con Zurrupitieta. El efecto fue fulminante. Al percatarse de las patrullas, decenas de coches, muchos de ellos 'tuneados', que se acercaban al 'Jarama' vitoriano proseguían su marcha.
Otros, más osados, aparcaban sus turismos con la esperanza de que los policías abandonaran la vigilancia. La desbandada definitiva se produjo a las 22.40 horas. En ese momento, los policías colocaron dos coches en el interior de la rotonda, aunque sin realizar control alguno. Ante este panorama, los pocos que aún persistían decidieron marcharse.
Poco espectáculo
«Hoy aquí no va a haber nada. Pero ¿se sabe dónde va la gente?», interrogaba un hombre de mediana edad. La respuesta resultó ser el polígono de Los Llanos, en Nanclares. Al contrario que en las ocasiones anteriores, ninguna patrulla de la Ertzaintza obstaculizó el acceso de los amantes de la velocidad al recinto.
A las once de la noche, más de 300 personas, casi todos jóvenes, se agolpaban en torno a la rotonda de acceso al polígono en espera del espectáculo. Entre gritos de ánimo, aplaudían los escasos derrapes y algún que otro 'trompo' con los que varios espontáneos se lucían en la glorieta, para deleite del personal. Sin embargo, la gravilla del suelo entorpecía sus movimientos, provocando que alguno perdiera brevemente el control de su vehículo en medio de la polvareda levantada.
«No hay mucho que ver, es algo soso», charlaba un chico con su novia. Poco después de la medianoche dos furgones de la Policía vasca hicieron acto de presencia. Al grito de «¿La Ertzaintza!», la rotonda quedó desierta en cuestión de segundos. Por esta vez, la noche de velocidad, un tanto escasa de emoción, tocaba a su fin. Pero la partida continúa.