La otra tarde, hojeando un anecdotario que cayó en mis manos casualmente, leí una anécdota que me pareció impresionante. No por su dimensión, o por su trascendencia. Antes al contrario, por su sencillez y por el derroche de humanidad y de afecto que destilaba la historia.
La anécdota refería cómo una mujer casada, madre, esposa y más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, participaba en un curso de autovaloración, o de algo similar a la superación personal en un centro cívico con otras mujeres maduras. El grupo resultaba bastante homogéneo: Unas cuantas canas, bastantes menopausias y algún síndrome de nido vacío.
En fin, una mayoría de amas de casa con problemas de confianza en sí mismas. Un puñado de mujeres que, con una generosidad a prueba de bombas, decidieran en su día aparcar sus proyectos profesionales para dedicarse a criar a sus familias. Por lo que, como pueden imaginar, el curso iba dirigido a recuperar la autoestima y proveerse de argumentos para sentirse bien consigo mismas en un mundo que -manda cojones- valora el sacrificio personal como una virtud de gilipollas, y el altruismo como una muestra de miedo al fracaso.
El ejercicio que les había recomendado su monitor en la primera sesión era pedir a los respectivos esposos que escribieran en un papel diez cosas que les gustaría que su mujer cambiara para verla como una esposa mejor. De este modo, cotejarían entre ellas cuáles podían ser sus debilidades como mujeres y esposas.
Así que, pronta y bien mandada, nuestra protagonista le reclamó a su marido el decálogo de propuestas para cambiar a mejor. -«Cariño, escribe diez cosas que crees que debiera cambiar». Al marido, como le hubiera ocurrido a cualquiera de nosotros, se le ocurrieron unos cuantos aspectos que recomendarle. Seguramente, pensó él, como haría ella en el caso de que él se lo preguntara. Pero el marido, en lugar de responder inmediatamente, le pidió un día para satisfacer su requerimiento.
A la mañana siguiente, el esposo reflexionó unos instantes camino de la oficina. Llamó a la Floristería Díaz de Argote, de General Álava, habló con Ramón y le encargó una docena de rosas rojas para su mujer con una tarjeta. En ella escribió lacónicamente: «No puedo imaginar una decena de cosas que querría que cambiaras. Te quiero tal como eres. Eres una esposa, una madre y una mujer maravillosa».
Cuando el marido volvió a casa después del trabajo su mujer le abrió la puerta con lágrimas en los ojos y le dio un abrazo que le produjo una congoja indescriptible. Entonces, reparó en lo importante que había sido el no rellenar mecánicamente aquella lista de críticas como le había solicitado. Y comprendió cuál era el verdadero significado de la lealtad y del afecto entre dos seres humanos.
Leyendo la anécdota me sentí sacudido por un sentimiento extraño. Y me di cuenta de lo inhabitual que resulta apreciar lo esencial en cualquier relación personal o sentimental. Y reparé en que un detalle, por irrelevante que parezca, puede constituir un revulsivo para superar cualquier momento adverso o de desasosiego personal.
Siempre he defendido que no hay cuesta, por empinada o dificultosa que sea, que no pueda ascenderse entre dos personas. Esa es la principal lectura que hago de la anécdota. Que todas las demás mujeres acudieron al cursillo de autoestima con el listado elaborado por sus esposos para discutir de la pertinencia o no de las críticas: -«Has descuidado tu aspecto físico». -«Ya no eres el bombón que me ponía loco». -«Desde que eres madre no tienes un momento para mí». -«Nunca encuentras el momento de hacer el amor conmigo».
Sólo nuestra protagonista guardó silencio en la reunión por no faltarles al respeto a las demás. Y en su fuero interno se repetía que el objeto de aquel curso estaba más que cumplido. Y se sentía capaz de amar como hacía tiempo. Y de derrochar ternura. Y de plantearse nuevos retos personales.
Por eso no dejé de preguntarme lo sencilla que debiera resultar la convivencia. Y lo terriblemente dificultosa que es en realidad. Y el camino tan estrecho que separa la cruda realidad de ese rescoldo que mantiene vivo el fuego de los afectos. Y me juré no olvidar comprarle un ramo de flores a mi mujer antes de pasar por casa. Sin ninguna razón especial. Solamente por romper la rutina y por recordarme que cuidar los afectos constituye el reto más impresionante que se nos plantea cada día. Y que la condición de ser consciente de ello o no es la que separa la ternura de la levedad, la que diferencia la capacidad de amar y trascender del mero ejercicio de la supervivencia.
Por eso compraré esas rosas rojas. Y te escribiré en una nota que no cambies. Sólo porque hojeé aquella anécdota y me detuve a pensar. Sólo por eso.