El Correo Digital
Domingo, 9 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
OPINION/Solemnidad excesiva
Ojalá me equivoque, pero me temo que estemos solemnizando en demasía el momento histórico abierto en nuestro país tras el alto el fuego de ETA. Si el miércoles el Papa Benedicto XVI rezaba por la consolidación de los horizontes de paz en el País Vasco, el jueves era el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, quien, tras reunirse en La Moncloa con José Luis Rodríguez Zapatero, hacía votos por la consolidación de un escenario de paz. Tanta solemnidad, lo confieso, me agobia. Máxime cuando las intervenciones de ambos no son sino las últimas que se añaden a una plétora de personalidades que, a tenor de lo que vienen publicando los diversos medios de información, han podido tener algo que ver en la declaración de alto el fuego: desde los primeros ministros de Gran Bretaña y de Irlanda, Tony Blair y Berti Ahern, hasta el líder del Sinn Fein, Gerry Adams, pasando por el más variopinto elenco de mediadores y de expertos en resolución de conflictos que quepa imaginar.

Un buen amigo resumía hace unos días esta situación cuando me decía: «Si esta vez va en serio algo habrán tenido que ver la CIA y el Vaticano». Debo confesar mi escepticismo ante estas interpretaciones. No sólo ante aquellas que, en la mejor tradición de las novelas de Follett, Forsyth o Le Carré, pretenden explicar los acontecimientos históricos como el resultado de un juego de poderes desarrollado entre sombras; también ante otras en apariencia más verosímiles.

En cualquier caso, aún en el supuesto de que algo de todo eso (ya sea la habilidad mediadora de la diplomacia eclesiástica, ya la influencia desnuda del poder americano, ya el ejemplo práctico del proceso irlandés, o lo que sea) haya podido contribuir decisivamente a que ETA se plantee el abandono definitivo de la violencia, deberíamos ser capaces de distinguir entre las condiciones necesarias para la resolución de un problema y la naturaleza del problema en sí.

De igual modo, convendría no confundir los efectos de un determinado problema y la naturaleza del problema en sí. Hay problemas sencillísimos de explicar aun cuando resulten complicadísimos de resolver; como hay problemas sencillos de explicar aun cuando sus efectos sean dramáticos. El de la violencia de ETA es uno de ellos.

Lo que ocurre es que a muchas personas, bienintencionadas en su mayoría, les resulta inconcebible que lo que ha provocado tanto sufrimiento no tenga «algo detrás», profundo y complejo, que lo explique. Como no pueden imaginar para dicho problema otro final que no pase por la más alambicada de las soluciones. Es la vieja idea de que ETA es el fruto envenenado de un conflicto histórico cuya solución exigiría su internacionalización al más alto nivel. Una idea que puede rebrotar con fuerza al hilo de todas esas informaciones, más o menos fundadas, sobre mediaciones internacionales. Lo que complicaría sobremanera el escenario político en los próximos meses.

i.zubero@diario-elcorreo.com



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