Josep Pla era ya un bregado periodista y un escritor de éxito cuando llegó al País Vasco, a mediados de octubre de 1934. La revolución de Asturias, surgida como respuesta a la victoria electoral de la derecha en 1933, se extendía por el Norte, y Pla, corresponsal del periódico conservador 'La Veu de Catalunya', veía el avance con preocupación y desagrado.
El PNV se había reunido en septiembre con los socialistas de Indalecio Prieto y algunos diputados de Esquerra Republicana. De aquella convocatoria celebrada en Zumarraga salió un frente de acción contra el gobierno de Alejandro Lerroux, que desembocó en una huelga general en Bilbao al siguiente mes. «Los nacionalistas han seguido el juego de Prieto como unos niños. Han ido a la huelga los primeros; han creado un ambiente de revolución: no han salido armados porque no es su naturaleza. Aparte de esto, han interpretado todos los papeles del aleluya (se refiere a la parte del Apocalipsis), los más extravagantes», escribe en una de sus crónicas.
El texto se incluye en la colección de artículos que aparecerá el martes con el título de 'La Segunda República Española', en la editorial Destino. Se trata de una obra de 1.800 páginas, que recoge la actividad de Pla como corresponsal en Madrid de 'La Veu de Catalunya', y que refleja las posiciones políticas del escritor catalán, adscrito a los conservadores de la Lliga Regionalista.
A su juicio, los nacionalistas habían sido desbordados por su ala obrera, la del sindicato Solidaridad de Trabajadores Vascos (actual ELA), y por la astucia de Prieto. El escritor quería que de verdad se atuvieran a las tradiciones que predicaban, y que no se metieran en líos revolucionarios, opuestos a los intereses empresariales que también representaba el nacionalismo.
Pla se hace eco del asesinato en Mondragón de Marcelino Oreja Elósegui, gerente de la La Cerrajera S.A. «Enamorado de la doctrina social católica y, a un tiempo, del particularismo del país, su sueño había sido, años atrás, en encuadrar el movimiento obrero vasco en las doctrinas de la democracia cristiana. Pero después de grandes esfuerzos desistió, a causa del camino peligroso que tomaba el nacionalismo vasco en casi todos los campos».
Plebiscito en Álava
El escritor catalán se descubre en cada artículo. Los diarios de la época mantenían una posición política clara y contrataban a los periodistas de su cuerda. No obstante, el prodigio de claridad y observación de sus crónicas parlamentarias refleja con perspicacia el ambiente de la época.
El 5 de noviembre de 1933 se había convocado un plebiscito para el Estatuto del País Vasco. En Álava, sólo había votado el 47% del censo, y de él el 50% había dado el sí (en contraste con el 100% de Bilbao). Vistos los insuficientes resultados, 54 alcaldes y concejales alaveses, de tendencia carlista, habían pedido la intervención del Gobierno para evitar que la provincia se integrara en «región autónoma vasca».
En el Congreso, se votó una resolución para que los propios alaveses ejercieran su «derecho a la autodeterminación», según los términos de Pla, respecto al País Vasco. Votaron a favor de esta medida -que no se llevó a cabo- los socialistas, los nacionalistas, los radicales, la Lliga y «una parte valiosa de amigos nuestros de la CEDA», el partido conservador de Gil Robles. El escritor resaltaba la intervención de José Antonio Aguirre. Le incluía en la «minoría más selecta estas Cortes y valoraba su «formación madura y excelente».
Un extenso prólogo de Valentí Puig precede a estas crónicas, que han sido editadas por Xavier Pericay. «Para Pla, la política es un proceso humano de elementos de azar, de simulación, de puerilidad, de astucia, de intereses -de elementos literariamente inasibles-», escribe Puig. El cronista catalán no confiaba en el ser humano y pensaba que el trabajo político consistía en mantener el orden, en evitar que los unos no devorasen a los otros. Como Baroja, veía en los republicanos una casta de palabreros con mejores o peores intenciones, y dudaba de que pudieran «asegurar la circulación del tranvía».
«Lo que interesa es negociar, construir, hacer», escribe un Pla, que sin embargo terminó alabando la tradición, el dejarlo estar, el inmovilismo. A propósito de Erasmo, dijo: «Estaba convencido de que todo movimiento es dolor, que toda revolución es una implacable trituración de los más altos valores de la vida».