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Domingo, 9 de abril de 2006
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CULTURA
EL CANDELABRO
Ochenta
Ochenta
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Cuando una mujer todavía joven se imagina a sí misma con ochenta años puede que tienda a pensar en las arrugas, los achaques, la soledad, la pérdida de seres queridos... Pero es muy poco probable que una llegue a imaginarse que, a esa edad, la voz de un supuesto amante con el que pudo intimar hace unos cincuenta años emergerá de ultratumba para gritar ante el mundo: «¿Yo soy el padre de uno de tus hijos!».

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que le ha ocurrido a Cayetana de Alba al convertirse en octogenaria. Cuando ya creía que le quedaban pocos sobresaltos que llevarse al cuerpo, resulta que Antonio, el bailarín, muerto y enterrado hace diez años, sale de entre las tinieblas y se marca un póstumo zapateado, bastante más discordante que el de Sarasate.

En las viejas cintas grabadas que han dado pie al nuevo libro de Santy Arriazu, el bailaor asegura ser el padre de Fernando, el cuarto hijo de la duquesa. Y la publicación de ese libro ha coincidido con el cumpleaños de Cayetana.

Pero como hoy lo mismo da ocho que ochenta, ya hay quien pide que se realice la exhumación del cadáver y su posterior análisis para determinar si el ADN del bailarín coincide con el de Fernando Martínez de Irujo, marqués de San Vicente del Barco... (Del barco fantasma, en este caso.) No me imagino a un hijo que peina canas preguntándole a su venerable madre octogenaria: «Dime, mamá, ¿de verdad soy yo el hijo de ese repeinado señor?». Cayetana, por supuesto, lo niega. Y, así a primera vista, sin ánimo de ofender, cabe apreciar que, Fernando, el cuerpo juncal de Antonio no lo ha heredado.

Lo cierto es que la jovial duquesa ya tiene otro argumento, aunque profundamente machista, para sentirse mocita. Y es que su reputación aún preocupa.



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