«Guernica, la ciudad más antigua de los vascos y corazón de su tradición cultural, fue reducida ayer a cenizas por una poderosa flota de aviones alemanes. (...) Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, quedando las calles convertidas en largos montones de impenetrables escombros al rojo vivo». Así comenzaba la impactante crónica periodística que el 28 de abril de 1937 anunció al mundo, desde la privilegiada tribuna de los rotativos 'The Times' y 'The New York Times', el brutal bombardeo al que había sido sometida dos días antes la villa foral.
George Lowter Steer firmaba el revelador artículo. El próximo día 26, sesenta y nueve años después de la tragedia, el Consistorio de Gernika y el Gobierno vasco descubrirán una escultura en honor al intrépido reportero, cuya figura ha permanecido sumida, durante décadas, «en un olvido relativo».
Nacido en Sudáfrica en 1909, Steer falleció a la edad de 35 años durante la Segunda Guerra Muncial, en Birmania. «Su prematura muerte ha sido uno de los motivos por los cuales se han podido recopilar tan pocos datos sobre su persona», explica el historiador José Ángel Etxaniz, de la sociedad local de estudios Gernikazarra.
No obstante, para los expertos la importancia de Steer en la historia del agitado siglo XX es capital: «Fue el altavoz del bombardeo, la persona que dio a conocer la barbarie. De hecho, su grito de denuncia conmovió a Picasso y le impulsó a pintar el 'Guernica', uno de los cuadros más famosos de la historia», apunta Etxaniz.
«Fue un visionario, un futurista que veía muy de lejos. Él fue quien alertó del peligro de los bombardeos masivos sobre ciudades y del genocidio de civiles, mucho antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial», explica Alberto Elósegui, quien realizó la primera tradución al castellano del libro 'El árbol de Gernika', escrito por Steer tras la caída de Euskadi.
El periodista británico llegó a Bilbao en enero de 1937, cuando el abrazo mortífero de las tropas del general Mola se estrechaba sobre Vizcaya. El reportero de 'The Times' se instaló en un hotel del Casco Viejo y pronto entabló relación con el Gobierno vasco. Steer simpatizó de inmediato con José Antonio Aguirre. De él escribió: «Volvía a ser el capitán de un equipo de fútbol -el primer lehendakari había jugado en el Athletic-. Y, aunque sabía que iban a perder, se esforzó para que sus hombres respetaran el silbato y el reglamento. No se muerde, no se dan patadas...».
En primera línea
Al igual que el mítico fotógrafo Robert Capa, Steer compartía la filosofía de que 'si tus instantáneas (o crónicas) no son suficientemente buenas, es porque no has estado lo bastante cerca'. En este sentido, al reportero británico le atraía sobremanera la primera línea de combate. «En sus ratos de humor agrio, se burlaba de sus colegas ingleses que permanecían sentados y se limitaban a informar a sus diarios de los comunicados que emitía nuestro Gobierno», aseguró Luis Ibarra, estrecho colaborador de Aguirre.
Además de por su compromiso y caracter aventurero, Steer amaba el riesgo porque apenas tenía nada que perder: su mujer y su hijo nonato habían muerto pocos meses antes durante un difícil parto. Cuentan que el reportero ni se inmutaba cuando la sinfonía tétrica de las balas silbaba en sus oídos.
Munición que a punto estuvo de alcanzarle en Munitibar, el 26 de abril, el día del bombardeo, cuando varios cazas de la Legión Condor que se dirigían a sembrar el terror en la cercana Gernika se desviaron ligeramente de su ruta para ametrallar el coche en el que viajaba con otros tres periodistas. Steer vuelve esa misma tarde a Bilbao, donde es informado de la destrucción total de la villa foral. Al igual que otros reporteros pone de inmediato rumbo al pueblo en llamas, aunque fue el único que regresó también en la mañana siguiente para comprobar a la luz del día los devastadores efectos de las descargas alemanas.
Su precisa crónica, que demuestra la decidida intervención germana a favor de los nacionales, supone un aldabonazo en las conciencias europeas. Pronto le tildan de mentiroso y se difunde la apócrifa versión de que Gernika ha sido incendiada por los propios vascos. Steer, magistral, muestra entonces varias carcasas de aluminio de las bombas, en las que se puede ver el águila del Reich y las iniciales de la fábrica bávara Rheindorf. Poco pudo saborear su éxito moral, apenas siete años después moría en accidente de tráfico en Birmania.