El sujeto, de cualquier edad y sexo, llega ante su médico quejoso de los malestares más inverosímiles, con los síntomas más raros que uno pueda creer y, además, con una analítica que en apariencia sólo se corresponde con un estado de salud envidiable. El galeno, al final, deduce que la historia podría ser la de una alergia de nueva aparición y deriva el asunto a los especialistas. Y estos, muchas veces, resuelven un auténtico rompecabezas para encontrar qué diablos es lo que, en su vida cotidiana, pone tan mal a la persona que tiene delante. Dicho sea en alabanza a la profesionalidad de los médicos del hospital vitoriano, terminan descubriendo la causa del raro cuadro clínico.
Es ésta una historia cotidiana, banal si se quiere, pero de auténtico trabajo detectivesco a partir de un conocimiento cierto y no lo que pasa en la tele. Ahora que no me oye nadie, puedo carcajearme de la caricatura de la ciencia en general y de la biología y la medicina en particular que se hace en series televisivas como CSI o, incluso, House, aunque el desagradable doctor resulta muchísimo más cercano a la realidad que los equipos forenses de Las Vegas y otras ciudades americanas que, al mismo tiempo que saben infinitas barbaridades de entomología, realizan un estudio del genoma del sospechoso en unos segundos y, con sus increíbles aparatos, hacen unos análisis químicos que levantan la boina. Todo ello sin despeinarse ni sonreir y casi a oscuras.
Pues no, la verdadera labor detectivesca es encontrar por qué una señora se encuentra tan enferma y descubrir que es alérgica al semen de su esposo. Y esto no es un chiste, sino un caso real que se cuenta en los libros de la especialidad. Este tipo de trabajo lo hacen médicas y médicos de verdad, de chicha, que no ponen caras de trascendencia ante el asunto planteado y que, de forma auténtica, solucionan problemas. Y si usted es paciente, tenga paciencia, que la alergia es pelma y persistente durante demasiado tiempo.
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