«Un arquitecto de arquitectos». Así define el jurado del Pritzker a Paulo Mendes da Rocha, ganador este año del galardón que la Fundacion Hyatt de Chicago otorga desde 1979 y que está considerado el Nobel de la arquitectura. A sus 78 años, Mendes da Rocha ingresa en una ilustre nómina de premiados que incluye a Alvaro Siza, Norman Foster, Rafael Moneo, Zaha Hadid y el autor del Guggenheim Bilbao Frank Gehry, jurado en esta edición. Es el segundo arquitecto brasileño laureado con el Pritzker tras Óscar Niemeyer, en 1988. La ceremonia de entrega del premio, dotado con 100.000 dólares, se celebrará el 30 de mayo en Estambul.
Mendes da Rocha (Vitória, Brasil, 1928) lleva seis décadas intentando llevar a cabo su concepción de la arquitectura: «La transformación de la naturaleza, una fusión total de ciencia, arte y tecnología para celebrar la dignidad y la inteligencia del hombre». Profesor en la Universidad de Sao Paulo y presidente de los arquitectos brasileños, es un defensor de los edificios socialmente responsables y a escala del hombre contemporáneo. Representa como ningún otro a la llamada Escuela Paulista, heredera de la línea más sobria y rigurosamente geométrica de la tradición moderna, frente a la vertiente más sensual de Niemeyer y los arquitectos de Río de Janeiro.
Bloques de viviendas, iglesias, estadios deportivos, museos de arte, plazas públicas, locales comerciales Una obra que aboga por la regeneración del contexto urbano, desarticulado con una nueva monumentalidad en la que la solidez y economía de los materiales restituyan los espacios sociales en las ciudades. Sus edificios son sobrios y esenciales «porque no son las formas las que dicen las cosas, es en los materiales donde está el campo abierto para la creatividad». A Mendes da Rocha no le interesan los edificios «aislados, autorreferentes, son instrumentos para la ciudad de la misma manera que las piedras lo son para las catedrales».
Ciudad y civilización
Su rehabilitación de un edificio neoclásico para albergar la pinacoteca de Sao Paulo recibió hace cinco años el premio Mies van der Rohe de arquitectura latinoamericana. Mendes da Rocha dejó intacto el exterior del palacio diseñado en el siglo XIX por Ramos de Azevedo. Pero reinventó el espacio interior con el empleo de pasarelas de metal y vidrio que conectaban las salas de los diferentes pisos. El Museo Brasileño de Escultura, también en Sao Paulo, se integra en una zona residencial del centro de la ciudad. El estadio Sierra Dorada de Goiania rompió en los 70 radicalmente con la concepción tradicional de este tipo de recintos deportivos, concebidos como entidades cerradas, aisladas. Para Mendes Da Rocha, el grado de civilización de un pueblo no se mide «por sus monumentos o palacios sino por cómo son sus casas, y, por consecuencia, la ciudad». Siempre ha mostrado su rechazo hacia los arquitectos-estrella al considerar que lo importante no son los nombres, «sino la arquitectura entendida como una forma peculiar de conocimiento que envuelve todas las disciplinas, pero no en cantidad sino en cualidad. La particularidad de los proyectos son las necesidades humanas».
Una de sus obras más emblemáticas, la tienda Forma en Sao Paulo, está considerada un icono de su concepción arquitectónica. Su frontal acristalado abre el local a los paseantes y facilita la máxima visibilidad de los productos en su interior. La remodelación de la Plaza del Patriarca, en Sao Paulo, reordenó el tráfico al tiempo que está pensada para servir al peatón. Desde 2004 prepara un proyecto para la Universidad de Vigo: unas vías elevadas que integrará distintas dependencias -librerías, laboratorios, residencias de estudiantes, edificios de administración- diseñadas por arquitectos españoles.
«Las ciudades deber ser más públicas -sostiene el brasileño- porque deben permitir la vida para todos. Igual que no hay dos clases de agua potable o dos clases de electricidad, una ciudad sin fronteras sería, seguro, una ciudad mejor».