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Miércoles, 12 de abril de 2006
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CON REMITE
Más coches y menos sitio
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Que una ciudad como ésta, de tamaño normal tendiendo a reducido, cuente con 96.000 coches circulantes suena como poco a disparate, pero así están las cosas y quedan muy pocas opciones para cambiarlas. Añadamos a lo cuantitativo lo cualitativo: nuestros bugas son por lo general grandes, espectaculares, apabullantes y por lo tanto ocupan mucho sitio. Pero el problema surge cuando topamos con la evidencia de que no hay sitio.

Y entonces hay que recurrir a las idas geniales o a los parches de ocasión, que casi siempre ocupan la misma casilla disparatada. Los conductores exigen espacios libérrimos en los que aparcar, el espacio para ello es manifiestamente insuficiente, hay que pagar tasas y gabelas y todo el mundo se enfada en vez de reconocer de una vez que nada de eso le pasaría si dejara a su cacharro en el garaje de casa y caminara con sus dos pies, que para eso están, o tomara el transporte público, que también está para eso.

Sé que lo que propongo es tarea imposible: cómo se va a comprar usted un coche aerodinámico con antenas vía satélite y artefactos tecnológicos dignos de una nave espacial para enterrarlo después en un aparcamiento subterráneo donde nadie va a verlo. Sus amigos y vecinos no podrán comentarle la grandeza de su adquisición ni comparar su éxito social con el suyo, que es de lo que se trata. Tenga en cuenta que un coche es la gran insignia del valor y que si no se enseña no vale más que un trasto en el camarote. Los indios americanos llevaban la cabeza llena de plumas y el pecho engalanado con dientes de animales abatidos para que se supiera el rango que tenían. No han cambiado mucho las cosas. La diferencia está en que los sioux no gastaban en gasolina y su tarjeta de crédito era una pluma salvaje o un cuerno de alce. c.p.uralde@diario-elcorreo.com



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