Cuando Italia superó el golpe del asesinato de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas, me convencí de que estábamos ante un país eterno. Las insidias han manado sangre a lo largo de su historia. Agripina, mujer de Calígula, que logró casarse con el emperador Claudio, decidió precipitar su muerte. Mandó preparar para ello una pócima letal y ordenó a uno de los eunucos que solía probar la comida del emperador que se la suministrase en un plato de setas, su manjar predilecto. Pero Claudio sobrevivió más de lo debido, probablemente por su afición etílica. Aterrorizada, la dulce Agripina mandó llamar a su cómplice Jenofonte, quien so pretexto de ayudarle a vomitar le pasó por la garganta una pluma envenenada. Imaginar la crisis del Estado con vitola da risa.
¿Nunca existió nadie tan teatral y mediático como Berlusconi? Nerón actuó en un teatro de Nápoles con tal fervor que no se detuvo ni ante el terremoto que sacudió la ciudad, e incluso prohibió abandonar el lugar, por lo que algunas mujeres dieron a luz durante sus espectáculos y muchos espectadores se fingieron muertos para ser retirados como a cadáveres. Fue el malévolo emperador, aunque bien podía haber sido Berlusconi, quien hizo entrenar a 5.000 jóvenes de la plebe a los que se enseñó distinto tipo de aplauso en su honor. Los déspotas eran entonces más poetas que vaqueros. Suetonio recoge de Nerón la famosa frase de su despedida, después de que Afrodito le ayudara a hundir el puñal en su garganta: «Qué gran artista muere conmigo». Aquel esquizoide criminal nunca hubiese llamado 'gilipollas' a sus víctimas.
Estaba seguro de ser un elemento pernicioso, pero al menos sincero: «Nada puede haber nacido de mí o de Agripina que no sea detestable para el Estado».
Italia se halla en otra encrucijada. Es verdad que las cosas no suceden porque sí. La intolerancia vampíriza se alimenta de mentes simples y produce desgarros. El mayor enemigo de la Roma eterna es, en estos momentos, la mala educación. Hasta en el tiempo de aquellos anormales la belleza garantizaba la salvación y los agraciados tenían asegurado el puesto como esclavos en los baños públicos. Deberemos convenir con Tocqueville en que la mayor lección de la historia es que apenas hemos aprendido nada de la historia. Aunque, tal vez, el desatino sea no confiar en que Italia vaya a tener una nueva oportunidad.