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Miércoles, 12 de abril de 2006
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SOCIEDAD
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El hábito de la voluntad
La capacidad de perseguir las metas planteadas a través del esfuerzo no es una virtud de superhombres, sino una costumbre de personas inteligentes, disciplinadas y autónomas
El hábito de la voluntad
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Cuando dos personas coincidentes en la persecución de un mismo objetivo que comporta cierto esfuerzo o sacrificio -el dejar de fumar, por ejemplo- se encuentran al cabo del tiempo, y una de ellas declara haber alcanzado la meta mientras que la otra ha fracasado en el empeño, es frecuente que esta segunda comente, entre acomplejada y fatalista: «Es que tú tienes mucha fuerza de voluntad. No sabes la envidia que me das». Al decirlo así, da a entender que considera la voluntad un don innato, recibido sólo por ciertos privilegiados. Como a él no le ha tocado esa suerte, sobreentiende que no sólo juega en desventaja, sino que está libre de responsabilidad. Ha fracasado, pero no es su culpa.

Pero la voluntad es otra cosa. Contra la imagen determinista y a la vez virtuosa que daban de ella los moralistas antiguos, la voluntad se acerca más, como indica el filósofo José Antonio Marina, a un hábito alcanzado mediante el aprendizaje. Desarrollar la voluntad consiste en contraer 'hábitos de querer', aunque parezca una paradoja, porque querer no es solamente cuestión de deseos impulsivos, sino de capacidades y tendencias adquiridas mediante la educación.

Es cierto que hablar de voluntad en tiempos de éticas blandas puede repeler al pensamiento autosatisfecho, el que persigue coartadas intelectuales para la inconstancia y la abulia. Además, a lo largo del siglo XX el viejo concepto de la voluntad como órgano de la autonomía personal fue apartándose de la psicología y la pedagogía oficiales que la consideraban sospechosa por sus ribetes espiritualistas y religiosos, de una parte, y de otra porque no hay que olvidar que la voluntad constituyó uno de los pilares de la idea del superhombre nietzscheano y de la doctrina nazi que se adueñaría en parte de ese pensamiento.

Cuatro pasos

Nuestra contradicción moderna radica en dar la espalda al valor de la voluntad al mismo tiempo que exaltamos la competitividad, el éxito, las personalidades sólidas y la lucha contra toda clase de desafíos que requieren una constante autosuperación. En consecuencia, necesitamos recuperar la voluntad, y no solamente para ser capaces de actuar responsablemente y cumplir nuestros deberes; se trata de hacerse con las riendas de la propia vida, de poder ejercer la libertad y de alcanzar un suficiente grado de autonomía propia.

Esta nueva idea de voluntad como hábito es descrita por Marina como el compuesto de cuatro hábitos adquiridos por el individuo desde las etapas iniciales de su desarrollo. El punto de partida es la inhibición del impulso. Se trata de acostumbrar al niño a que no pase automáticamente del ímpetu al acción, a resistir «la poderosa energía del estímulo». No siempre que se siente apetito es conveniente echarse a la boca el primer alimento hallado a mano, un arrebato de furia no debe concatenarse con una respuesta violenta o airada, el hecho de sentirse triste no ha de llevar a la inacción o a la pasividad. La carencia de esta capacidad de contener las reacciones inmediatas es lo que incapacita a las personas impulsivas para actuar al dictado de la voluntad.

Sólo en la medida que el impulso se haya refrenado, es posible ejercitar el segundo hábito: el de deliberar. Es decir, dejar paso a la inteligencia para que escoja las posibles respuestas a una situación determinada. Si no hay inhibición, no hay libertad porque el sujeto es presa de la ofuscación primera; en cambio, cuando 'ha contado hasta cien', la persona ha ganado el espacio en el cual sopesar los pros y los contras, las consecuencias de las acciones que puede emprender, las diversas alternativas que se le presentan.

El tercer paso de la voluntad consiste en decidir. Nadie asegura que esa decisión sea la más oportuna, correcta o adecuada. Sin duda, cuanta mayor calidad haya tenido el acto previo de deliberación más fácil será el acierto en la decisión. Pero lo importante para el ejercicio de la voluntad es que quien decide después de deliberar está dando un salto consciente hacia la acción. Es el dueño de sus resoluciones, no el esclavo de sus impulsos.

Finalmente, el cuarto hábito de la voluntad se refiere a la ejecución del proyecto. Con frecuencia se cree -y así lo consideraban las viejas teorías acerca de la voluntad- que lo más importante es la decisión. Pero muchas personas toman continuamente decisiones sobre proyectos que luego abandonan a las primeras de cambio. Son diferentes el 'acto de voluntad'--un punto, un instante- y la 'actividad voluntaria´ -un proceso-. Si sólo nos rigiéramos por los actos de voluntad (de donde viene el sentido no siempre positivo de adjetivos como 'voluntarista' o 'voluntarioso'), lo más probable es que nuestros comportamientos acabasen en el agotamiento y, por tanto, en el fracaso.

Esfuerzo y recompensa

De ahí que los hábitos de ejecución tengan que apoyarse en el reforzamiento de dos capacidades: la de retrasar la recompensa y la de soportar el esfuerzo. Es probable que el fumador en proceso de abandonar el tabaco haya cumplido rigurosamente los pasos indicados hasta aquí. Ha contenido el impulso de encender uno, dos, varios cigarrillos. Ha deliberado consciente y ponderadamente sobre las ventajas de una vida sin humo, y elegido el camino saludable. Pero poca firmeza tendrá su decisión en la práctica si pretende que, al primer día de renuncia, le va a salir al paso toda la felicidad del mundo. Probablemente tenga que pasar un tiempo hasta que su cuerpo y su mente sean gratificados. Y durante ese periodo se verá sometido a esfuerzos considerables, pues el hábito de ejecución pocas veces se parece a un camino de rosas.

Ni virtud ni privilegio. El nuevo concepto de voluntad se aleja de la idealización heroica tanto como de la mortificación masoquista. Así planteada, la voluntad deja de ser una virtud de superhombres y supermujeres para convertirse en una costumbre de personas inteligentes, algo disciplinadas y suficientemente autónomas. Cuando la voluntad se echa a andar, pronto encuentra sus aliados, el no menor de los cuales es la satisfacción de actuar al dictado de la libertad.



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