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Jueves, 13 de abril de 2006
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Efeméride republicana
E el 14 de abril de 1936, mañana hará 75 años, llegó a España, de improviso y sin esperarla, la II República, sorprendiendo y 'paralizando' tanto a los monárquicos como a los republicanos. Hace 75 años, se iniciaba un período de esperanza y de reformas inacabadas que, lamentable pero inevitablemente, desembocaría en una guerra civil y en una dictadura que pervivió cuarenta años y que marcó a sangre y fuego a varias generaciones de españoles. Hace 75 años, se soñó con que el nuevo régimen fuera el vehículo de transformación del sistema social impuesto por la Restauración en los cincuenta años anteriores. Hace 75 años, los políticos republicanos pusieron en marcha un proceso de modernización política y democrática que recogió, con muchas carencias, la Constitución de 9 de diciembre de 1931. Hace 75 años, un régimen republicano pretendió resolver problemas inherentes a la estructura tradicional de España (el religioso, el agrario o el territorial), impulsar la educación y cambiar las relaciones de poder a favor de los desfavorecidos y en detrimento de los aristócratas, los terratenientes, los militares y la Iglesia. España sufría la presión generada por las peticiones de modernización y la resistencia de quienes habían gobernado siempre el país. Hace 75 años, la heterogeneidad política y la desunión, los odios ancestrales y las lacras de un liberalismo que, en el siglo XIX, no consiguió que el parlamentarismo se consolidara en España, dieron al traste con un proyecto democrático que quiso lograr una profunda renovación del país. Hace 75 años, que nació una República que era un anacronismo en la época en que pretendió desarrollarse, ya que fascismo y comunismo eran los dos polos ideológicos en torno a los cuales se movían los intereses geoestratégicos del momento y que chocaron en la Segunda Guerra Mundial. El proyecto político republicano murió al producirse el golpe militar de julio de 1936 y, posteriormente, la victoria de Franco eliminó cualquier posibilidad de recuperar la legalidad robada.

La II República española, a pesar de su brevedad, realizó un considerable trabajo y consiguió avances significativos como la separación 'efectiva' de poderes en pro de conseguir una auténtica democracia representativa, la difusión cultural y educativa por toda la península; el desarrollo de la investigación científica; la reforma agraria; el sufragio femenino; la asistencia sanitaria pública; los avances legislativos en materia laboral, social y económica; la lucha contra la pobreza, la ignorancia y el analfabetismo; el problema territorial; los valores cívicos; el principio de laicidad del Estado y medidas como el divorcio, el matrimonio civil y la enseñanza laica y, finalmente, un deseo incontestable de modernizar y democratizar las instituciones y el país. Todos estos loables propósitos y realidades consiguieron aglutinar a una 'clase intelectual' que siempre había estado dividida y frente al poder de turno. El período comprendido entre los últimos meses de la Dictadura de Primo de Rivera y la proclamación de la República vio nacer en los intelectuales y en la cultura del país un interés por la política que no sentía la sociedad española del momento. Aquí germinó su 'posición' durante los años republicanos ya que la Monarquía simbolizaba el pasado, la oligarquía discriminadora y el caciquismo criticado por los regeneracionistas y de ahí que durante esta etapa de la historia de España se fomentase el auge de la cultura española en todos los campos de la investigación científica, de la creación artística, del debate intelectual y del mundo universitario.

Setenta y cinco años después del sueño de democracia, justicia, libertad, modernidad y progreso de una España atrasada y cainita, los valores del republicanismo tienen más vigencia que nunca ya que, en gran medida, han sido asimilados por las socialdemocracias contemporáneas y por la España del siglo XXI y su monarquía parlamentaria. El legado de la II República española y del ideario republicano es su pensamiento y los valores de constitucionalismo, control de gobierno, virtud cívica, libertad, igualdad, fraternidad, honestidad, laicidad, respeto de los derechos humanos, bien común y compromiso con todo lo que contribuya a consolidar una verdadera democracia ciudadana. Valores universales todos ellos que nunca deben desaparecer, que pueden aportar soluciones a los problemas de la España del siglo XXI y que deben servirnos para reivindicar la memoria histórica española y la realidad de sus acontecimientos históricos y para rechazar con desprecio y firmeza los revisionismos miserables y las invenciones mesiánicas de historias que no ocurrieron. La realidad fue una, los hechos y la legalidad también. Todo lo demás son intereses y locuras despreciables. No debemos buscar la verdad o el sentido de los acontecimientos en el mundo de las ideas, sino en la cruda y dura realidad.

En los treinta años transcurridos desde la desaparición del régimen franquista, España ha dado un salto cualitativo y cuantitativo alejándose de su plurisecular condición de atraso en su vida económica, en la formación de sus ciudadanos, en sus instituciones, en el ámbito social, a pesar de las sombras que aún existen y que contrarrestan las zonas de luz. Y sin embargo, su clase política y sus intelectuales malgastan múltiples energías en un debate identitario comprensible únicamente en el marco y en los términos del siglo XIX. Debate que también se produjo en la II República y que sigue siendo el 'cáncer español'. Antes que enfrentarse a la realidad, asumiéndola tal y como fue y eliminando de la historia los mitos y 'paraísos artificiales' que la tergiversan (mito de la misión espiritual y del destino universal, mito del antifranquismo, mito de la diversidad en clave nacionalista o mito de la caverna, mito de la recuperación de la memoria histórica en su variante partidista y totalitaria) se sigue manipulando la historia real de España. A los anteriores mitos habría que añadir uno nuevo que podríamos denominar 'mito revisionista' y que tiene dos manifestaciones llamativas. La primera de ellas, más universal, sería la de negar el holocausto y la segunda, aplicable a un ámbito más reducido, se centra en la miserable justificación del intervencionismo militar que hizo desaparecer la II República española. Los numerosos errores, excesos (por acción u omisión) e incorrecciones de los políticos republicanos, no justifican de ninguna forma la eliminación de la legalidad republicana ni la represión y sufrimientos que el régimen dictatorial franquista generó.

Este aniversario nos sirve de excusa para reivindicar los valores republicanos que no son ni los liberales ni los conservadores, ni los socialistas, ni los comunistas, ni los anarquistas, aunque todos ellos tengan amparo bajo su manto. La aceptación de la teoría republicana de la libertad y el Estado es totalmente compatible con un régimen de civilidad y de confianza personal, en el que los ciudadanos delegan la construcción de un sistema democrático basado en relaciones de mutuo apoyo con las declaraciones de confianza personal. La causa de la libertad republicana es la causa del constitucionalismo y la democracia y ello adquiere suma importancia en estos tiempos de descreimiento en los que habiendo fracasado el marxismo y el socialismo, renacido el nacionalismo y monopolizado la política el liberalismo se hace necesario reconocer a los ciudadanos como seres interdependientes y entender que el hombre democrático no necesita grandes causas para ser libre y mejor.



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