Si en estas fechas de huida masiva alguien ajeno a lo terrenal nos observase desde muy arriba, no sabría a que atenerse con los terrícolas. Para el típico marciano de película que ignorara qué es lo que nos mueve de acá para allá y contemplara desde lo alto el hormigueo colosal de las autopistas, todo este trasiego multitudinario en las carreteras, la tremenda explosión viajera puntual, las causas que pudieran motivar tan espectaculares éxodos tanto podrían explicarse para el observador extraplanetario como fugas producidas ante una catástrofe natural, una guerra terrorífica de las habituales nuestras o el ansia vacacional que agita a los inquietos habitantes de este curioso planeta en el que se producen grandes embotellamientos humanos igual en las grandes escapadas de calamidades y furias como en la búsqueda de tranquilidad y reposo. Un imaginario mirón galáctico en lo más alto de la estratosfera vería los mismos tapones de tráfico en Nueva Orleans con ocasión del Katrina que en las operaciones salida y regreso de Pascuas.
Si no es versado en asuntos terrenales ningún extraterrestre entendería al turista sea éste occidental u oriental. Como alguien dijo, si realmente existieran los E.T. les oiríamos reírse de nosotros a mandíbula batiente si acaso tuvieran mandíbula. Se puede entender la enorme afluencia que se produce en determinados museos prestigiosos del mundo mundial en determinadas épocas festivas pero no hay explicación posible para ese tendencia general que incita a los visitantes a tocar las obras de arte. Denuncian los museos que las obras son víctimas del sobeteo turístico sobre todo las caderas y el sexo de las esculturas, palpadas por millones de dedos al año, partes de mármol o piedra que a fuerza de toquetearlas se diferencian del resto de la estatua por un grasiento brillo adquirido con el roce. Después está la obra de la Naturaleza, acosada e invadida sin miramientos por etapas, en días señalados, por lo que resultaría aún más raro a un alienígena el hecho de que exista un aforismo humano que irónica y sarcásticamente sentencia que «las ciudades debieran estar construidas en el campo».