El presidente de la República Islámica de Irán, con un tono de ferviente nacionalismo y orgullo científico, anunció anteayer que su país ha entrado en el selecto club de países nucleares. Mahmud Ahmadineyad no ha tenido reparos en hacer público que en la planta de Natanz se ha conseguido enriquecer el uranio en los niveles -aunque no en las cantidades- necesarios para obtener en su día combustible para las centrales atómicas. Horas después, la dirección de la agencia nuclear iraní confirmaba sus intenciones de comenzar la instalación de las más de 50.000 centrifugadoras que necesita para su enriquecimiento a escala industrial.
Que un país con el régimen político que impera en Irán anuncie que acaba de cruzar el umbral del salón nuclear es una pésima noticia, sólo superada por la falta de información contrastable que se tiene de la situación, hasta el punto de que, cuando se habla abiertamente de sanciones y hasta de operaciones militares 'quirúrgicas' contra sus instalaciones nucleares, se desconoce si el mensaje del ultraconservador presidente iraní es un simple movimiento estratégico o el inicio de la cuenta atrás para dotarse del arma nuclear en menos de dos años. En este escenario tan complejo, el director general de la Agencia de Energía Atómica, Mohamed al-Baradei, que llega hoy a Irán para, precisamente, intentar recabar información que añadir al documento que debe presentar al Consejo de Seguridad de la ONU, se va a enfrentar a una delicadísima tarea que recuerda al papel jugado en su momento en el vecino Irak por su homólogo Hanx Blix, por entonces jefe de inspectores de las Naciones Unidas. En lo que todos coinciden -incluso los tradicionales aliados iraníes- es en señalar que el Gobierno de los ayatolás ha dado un paso equivocado. Teherán ha escogido la vía de la confrontación abierta y no le importa en absoluto empujar a la comunidad internacional a enfrentarse a un dilema aún más peligroso -si cabe- que el que tuvo que dilucidar en marzo de 2003.