El Espanyol consumó ayer la rebelión para alzarse con su cuarto título copero y repetir participación en Europa. El mismo equipo que tirita en la Liga y acudía al Bernabéu estigmatizado por las casas de apuestas, se abrigó de orgullo y efectividad para golear en la final al Zaragoza y reivindicar ante el gran favorito que, además de historia, es capaz de acumular historial en su carta de navegación.
En la esperada batalla entre el fútbol sinfónico maño y el marcial toque de corneta espanyolista, la tropa de Lotina marcó casi siempre el paso. Tiró de arrojo y competitividad para situar el partido en el cuartel, sin dejar romper filas a un Zaragoza cada vez más incomodo por el corsé táctico de un adversario que oprimía con ferocidad la silueta de los Celades, Cani, Ewerthon y Milito. Enjaulados todos ellos en la trama espanyolista, resbalando por el cristal de la desesperación, conscientes de su superioridad técnica y, sin embargo, apenas soldados rasos en un partido de atletas, estrategas y, sobre todo, de un hombre listo, Raúl Tamudo, que a base de intensidad e inteligencia intervino en las puntuales pero demoledoras llegadas catalanas.
La final reventó en realidad en dos minutos. Ajenos al corsé táctico habitual de las grandes citas futbolísticas, De la Peña y Tamudo tiraron pronto de repertorio. Magia del primero para colocar la pelota en la escuadra y pillería del segundo para remachar a puerta vacía. Un escenario perfecto para que el equipo catalán refrendase su guión inicial: reducir espacios al temible contragolpe maño y fiarse de la inspiración de sus dos referencias ofensivas.
Contragolpes letales
Y es que Lotina había renunciado finalmente a la defensa de cinco y optó por apuntalar su centro del campo con el gladiador Fredson. Es decir, quiso presentar batalla en los medios y buscó la recuperación en posiciones adelantadas. Al Zaragoza, que partía con el 'once' de gala, le tocó encajar como pudo el bajonazo inicial.
Lo hizo bastante bien. Sin prisas impuso su incuestionable preponderancia futbolística. Tocó con sentido hasta encontrar las bandas y se aferró al soberbio Cani y un Óscar enchufado. La conexión quedaba truncada en el área, donde Milito y Ewerthon no recibían corriente. Más bien alzaron el vuelo gracias a Kameni, el histriónico guardameta, que concedió el empate y puede dar gracias a sus compañeros y a la fortuna de no haberse convertido, con sus inauditas salidas, en el protagonista del partido.
Tercero y expulsión
Pero era la noche del Espanyol. En plena tormenta zaragocista y con un Medina Cantalejo incapaz de sujetar los nervios de los futbolistas, De la Peña, Tamudo y Luis García cazaron el contragolpe perfecto. Al borde del fuera de juego el ariete, pase al hueco de 'Lo Pelat' incluido, y templado centro con remate de Luis García, otro de los grandes protagonistas. Segunda llegada, segundo gol. Pura dinamita.
También a ese mazazo se sobrepuso el Zaragoza en el épico inicio de la segunda parte. Clavó al Espanyol en su área, abrió el campo con la entrada de Savio y fortaleció su fútbol hasta agrietar las defensas blanquiazules. Pero en el día del contragolpe, otro más hizo crujir el partido. De la Peña, Tamudo y Coro para una definición espectacular. César, desquiciado, dio poco después por finalizado el partido con la absurda segunda tarjeta que forzó su expulsión.
Era ya la hora de festejar para el equipo de Miguel Ángel Lotina, acusado de 'llorón' en vísperas y con carta certificada para la sonrisa tras alcanzar, pese a la evidente desventaja de recursos futbolísticos, el preciado botín de un título. En la patria de los modestos las celebraciones a posteriori son las únicas permitidas. El resto, incluida la batalla psicológica sobre el adversario, es parte de la supervivencia.