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Viernes, 14 de abril de 2006
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A un paso del mar
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El embalse es una de nuestras zonas de salvación para una tierra tan escasa en incentivos para los sentidos. Tenemos una especie de mar interior que, con un poco de imaginación, podría servir de mar auténtico si nos tomáramos un par de anfetaminas para creérnoslo todo sin preguntar nada. La fantasía es un alivio del alma, aunque esquivo y engañoso.

Por eso la idea de la Diputación de construir un mirador y un paseo, digamos, marítimo, en las colas del embalse, puede contribuir a consolidar la arraigada fantasía de que estamos en el mejor los paisajes posibles, aunque sólo sea una verdad a medias que exige más de la buena voluntad que de la buena vista. Da igual.

El caso es que el paraje elegido es de un valor innegable y los servicios puestos a disposición del visitante, admirables. Así no tendremos que añorar, o añoraremos en su justa medida, las costas lejanas. Y hablaremos de penínsulas, de humedales con nombres raros y podremos asistir como voyeurs inocentes al cortejo nupcial del somormujo, muy encantado de protagonizar el acto. Menos las olas rompedoras y los barcos perdidos, ya casi lo tenemos todo. Sólo falta imaginárselo para que parezca real o que parezca real para poder imaginarlo.

A mí estas cosas me alegran la vida, qué quieren que les diga. Hasta a los más felices usuarios del asfalto nos causa cierta euforia tener paraísos menores al alcance de la mano. Disfrutemos de estos alicientes, tratémoslos bien y gocemos del aire y del agua. Nos los merecemos.



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