El Correo Digital
Domingo, 16 de abril de 2006
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POR CARLOS PÉREZ URALDE
Un día en las carreras
Algunas noches suelen celebrarse circuitos en zonas industriales a los que acuden centenares de memos
Un día en las carreras
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La secuencia es inolvidable: una carrera nocturna (creo que era nocturna) de coches en la que se desafiaba al destino porque el final estaba en el borde de un acantilado. El hecho estaba protagonizado por un James Dean con la cabeza metida entre los hombros y un montón de compadres histéricos con ganas de celebrar la muerte de alguien, según preferencias hormonales o simplemente arbitrarias. Era una cosa de chicos, una diversión sin trascendencia: lo único que podía salir mal es que uno de los contendientes se rompiera para siempre la crisma, su coche saltara al mar y todo acabara en el más infeliz de los finales. Se trata de una escena de película y hay miles de escenas parecidas. Lo único que queda es una reflexión (perdonen el empleo de una palabra en desuso) acerca de dónde está la frontera entre el audaz y el tonto. Yo la tengo clara.

Durante algunas noches suelen celebrarse carreras en zonas industriales a las que acuden centenares de memos que consideran lo de jugarse la vida como un pasatiempo fascinante. Jugarse su vida y la vida de los demás. Como son ignorantes de solemnidad no han oído, o lo han oído mal, aquella consigna fascista de que hay que vivir peligrosamente porque sólo así la existencia tiene sentido. Y ahí van, hartos de cerveza de barrica mala, de ginebra de garrafón y de adrenalina al por mayor. Y tienen a sus héroes a mano: el más tonto de la parroquia es Dios si se ocupa del volante de un coche, lo maneja con temeridad camuflada de destreza y va como un rayo hacia ninguna parte. O hacia una curva terminal de la que sale en parihuelas o con todo el costillar para el museo de anatomía.

Es sabido que la juventud es propensa a los excesos, y todos los que hemos sido un poco más jóvenes que ahora lo sabemos. El futuro es una quimera borrosa y sólo atendemos a un presente atolondrado del que salimos a golpes de las collejas que da la vida. No pasa nada o pasa poco, pero jugarse el pellejo al volante de un coche pisando el acelerador como si fuera la cabeza de tu peor enemigo no parece la mejor manera de ajustar cuentas con el tiempo. Y se da una circunstancia adicional digna de estudio: hay chicas por ahí dispuestas a emular a sus héroes de pacotilla o a considerarlos héroes invencibles si burlan la mediana de una carretera o esquivan al camionero que viene de frente. Después vienen las risas histéricas, los gritos tribales y los qué guay tío, salmodia que sirve de gran alivio cuando se han dejado los piños en la carretera o el cerebelo en el parabrisas.

La vigilancia no sirve en estos casos, o sirve de poco. La Policía no se entera, se entera tarde o se entera mal o no quiere enterarse. Digo yo que organizar una carrera demente en un solar vacío ha de ser de conocimiento general, y sin embargo, nuestros agentes parecen vivir en otras galaxias más confortables. En Vitoria, los pasos están contados y nadie que no sea un cínico, un cómplice o un mero pelanas puede hacerse el tonto en este asunto, aunque lo sea y con avaricia. Estamos hablando de carreras clandestinas, de convocatorias multitudinarias, de riegos para la integridad física y de llamadas a las puertas del cielo sin Dylan que las cante.

Nunca he podido olvidar a James Dean en la película. Hacía de psicópata gilipollas disfrazado de héroe marginal con trágico destino y sólo la mano del director de la película conseguía redimirlo al borde de aquel acantilado o lo que fuera, que ya no me acuerdo y no tengo tiempo para mirarlo. Conservar la vida en buen estado es obligatorio, o debería serlo. Después no hay nada.



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