De entre todos los personajes que han hecho de la imaginación su materia prima a la hora de conseguir la gloria, y descontados por supuesto los artistas , escritores y demás fauna fascinante, hay unos que he admirado toda mi vida. Unos son verdaderos genios no reconocidos como tales y otros pertenecen a la categoría inexplicable de los chiflados vocacionales. Por no hacerles caso cuando convenía hacerlo se habrán perdido a lo largo del tiempo miles de ocasiones de mejorar el mundo.
En la Oficina de Patentes se han registrado 40 inventos o ideas el último año, y no es una cifra menor. Desde ingeniosas edificaciones de madera hasta avisadores para teléfonos, pasando por alarmas para coches, usted puede imaginar todo lo que quiera. Otra cosa es que los conductos oficiales, semioficiales o paraoficiales se interesen por sus brillantes ideas: si revisamos las grandes innovaciones tecnológicas que en el mundo han sido encontraremos el hecho triste de que buena parte de ellas fueron arrojadas al cesto de los papeles y sus autores considerados como conmovedores chiflados con sus imposibles cacharros. El mundo siempre ha sido muy injusto con sus miembros más ilustres.
A mí lo que más me fascina de esta historia es la existencia de inventores dignos de Julio Verne y de otros capaces de patentar un peine para calvos. Yo conocí a uno:según él, bastaba un repeinado a tiempo para recuperar la frondosa melena perdida.
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