Los nacionalistas conmemoran hoy un Día de la Patria Vasca condicionado por la declaración de alto el fuego permanente de ETA y las fortísimas expectativas, alentadas después de casi tres años sin asesinatos de la organización terrorista, de que pueda asentarse un proceso que conduzca al cese definitivo de la violencia. No es la primera vez que las fuerzas abertzales celebran un Aberri Eguna bajo la esperanza de la paz: lo hicieron en abril de 1999, cuando los cargos municipales del PNV, EA y la extinta HB -el embrión de la futura Udalbiltza- compartieron actos conjuntos cobijados en el paraguas de Lizarra, aunque unos y otros mantuvieron sus convocatorias partidistas. El gesto de distensión de la cúpula etarra tampoco ha propiciado, esta vez, una unidad nacionalista plena en fecha tan simbólica. Este Aberri Eguna escenificará, más bien, la pugna que parece avecinarse entre un PNV consciente del riesgo de que su espacio electoral merme y la izquierda radical, que aspira a regresar a la legalidad política y rentabilizar en las urnas la desaparición de la violencia.
La familia nacionalista no festeja unida el Día de la Patria desde 1976. Lo más parecido a aquella fotografía de comunión abertzale fue la estampa que compusieron 23 años más tarde Xabier Arzalluz, Arnaldo Otegi y Carlos Garaikoetxea al frente de la multitudinaria manifestación contra la dispersión de los presos de ETA auspiciada por los firmantes de la Declaración de Estella. Esa imagen simbolizó el reencuentro entre el nacionalismo institucional y el hijo descarriado que daba cobertura a la violencia etarra. La ruptura de la tregua decretada en septiembre de 1998 dinamitó el Pacto de Lizarra, pero su filosofía -la acumulación de fuerzas soberanistas- sigue viva para significativos sectores del abertzalismo, identificado en estos años con ELA, la ejecutiva de EA y el sector del PNV afín a Joseba Egibar. El sindicato de José Elorrieta afronta, de hecho, la conmemoración de hoy reclamando una «consulta autodeterminista» y el liderazgo desde Euskadi del proceso de paz y normalización.
Fracasado el experimento de Estella, ETA y la izquierda independentista representada por Batasuna han regresado al modelo, ensayado sin éxito en Argel en la década de los 80, de la interlocución directa con el Gobierno de Madrid. Una fórmula que ha dejado fuera del epicentro de las conversaciones al nacionalismo institucional y que ha vuelto a erigir a Otegi y los suyos como el referente del abertzalismo más exacerbado, tal y como pudo vislumbrarse en la masiva movilización, la primera tras el alto el fuego, auspiciada el pasado 1 de abril por los partidos, centrales sindicales y colectivos sociales que integran el Foro de Debate Nacional. En ese cartel enteramente nacionalista sólo faltó el PNV de Josu Jon Imaz, que reivindica la honestidad de su apuesta en Lizarra pero no parece dispuesto a reincidir en sus deficiencias: esto es, la falta de transversalidad del pacto y la connivencia con un proyecto más propio de la izquierda abertzale, que fue la que de verdad capitalizó aquel proceso en las elecciones autonómicas de 1998 y las municipales del año siguiente.
Imaz se muestra persuadido de que Euskadi se encuentra, realmente, en «el umbral» de la paz y que los dos próximos años pueden marcar «un punto de inflexión» similar al que impulsó el autogobierno vasco en la Transición. Y ante ese escenario, insiste, es preciso atinar «con la apuesta estratégica» tal y como hizo su partido en 1979 y se defiende en el manifiesto de este Aberri Eguna, en contraposición a los intentos de la izquierda abertzale de deslegitimar la autonomía del último cuarto de siglo. «Sin menospreciar a nadie, ahora es tiempo más que de mirar al adversario, de mirarnos a nosotros mismos y acertar con un proyecto que sea la referencia e ilusione a la ciudadanía en los próximos años», zanja el presidente jeltzale. El PNV ha comprometido su «lealtad» con Zapatero para encarar el final de la violencia y condiciona cualquier futura revisión del estatus de Euskadi a un consenso superior al del actual Estatuto.
Los temores
El líder del EBB ha recibido, a su vez, la garantía del presidente del Gobierno de que no esquinará al PNV en el proceso de paz. Esa sintonía, unida al acuerdo cerrado por los socialistas con CiU para reformar el Estatuto catalán, lleva tanto a la izquierda abertzale como a los socios menores del Gabinete Ibarretxe a temer que Imaz se convierta en una especie de 'Artur Mas vasco' y el proceso de normalización desemboque en un acuerdo a la baja sobre las aspiraciones soberanistas. Así venía a advertirlo un documento interno de EKIN -el considerado 'aparato político' de ETA- y así lo subraya el secretario general de EA, quien cree que el PSOE «jugará de forma habilidosa» a dividir al nacionalismo «como en Cataluña». Unai Ziarreta sostiene que más que un Aberri Eguna unitario, las fuerzas abertzales deberían comprometerse con una «defensa común del derecho a decidir» cuando los partidos se sienten a negociar el futuro de Euskadi.
El PNV sufre esa tensión en su seno, aunque la mayoría oficial da por afianzada la hegemonía en Vizcaya, Navarra e Iparralde que otorgó hace dos años el liderazgo a Imaz. Lo que el partido sí parece tener asumido en su conjunto es que el cese de la violencia y el previsible retorno a la legalidad de Batasuna, con las siglas que sean, reajustará el mapa electoral nacionalista y abrirá posibilidades de acercamientos políticos imposibles bajo la pervivencia del terrorismo. O lo que es lo mismo: la amenaza de la 'pinza' entre el PSE y la izquierda radical para descabalgarle del poder de la que han alertado dirigentes jeltzales como Íñigo Urkullu o Iñaki Gerenabarrena.
A tenor de la capacidad de arrastre popular evidenciada en la primera manifestación tras el alto el fuego, Batasuna está dispuesta a recobrar su hegemonía en el mapa del independentismo y a medir sus fuerzas con un PNV al que acusa de modular su discurso para conservar «el negocio» del poder. En las últimas autonómicas, el voto nacionalista supuso el 54% del total; un pastel que siguen aspirando a repartirse los peneuvistas, sus todavía aliados de Eusko Alkartasuna, el grupo de Otegi y su escisión de Aralar. EA intentará ahuyentar en este Aberri Eguna el fantasma de la supervivencia y defenderá la validez de su espacio en este escenario sin violencia.