Los augurios a veces se cumplen con aterradora precisión contable: las autoridades anunciaron que más de cien personas iban a perder la vida en la durante esta Semana Santa y así ha sido. Ni las campañas publicitarias más tétricas, ni la intervención atemorizante de los responsables de la Dirección General de Tráfico recordando que detrás de una curva espera la muerte, ni la intervención de los heraldos negros, ni las llamadas no ya al sentido común sino al de supervivencia han servido para nada. La adoración al volante, al motor vertiginoso, a la velocidad enloquecida y la falta de respeto a la vida por parte de quienes parecen no temer perderla han hecho del viaje en automóvil un desafío a la muerte. Y la muerte en estos casos siempre gana la partida.
Familias diezmadas, paralíticos, traumatizados, tetrapléjicos que no volverán a andar, jóvenes que ya nunca serán los mismos y cuyo futuro es una quimera triste son las víctimas de esta tragedia bíblica a la que nadie sabe poner remedio. Con pequeñas oscilaciones estadísticas a menudo irrelevantes, la gente sigue muriendo como siempre, o más, cada puente o cada periodo vacacional mientras por televisión nos anuncian con frivolidad descerebrada que si usted no tiene un automóvil capaz de correr a la velocidad del rayo, usted no es nadie. En cuanto a los anuncios terroríficos que pretenden llamar su atención para que procure no dejarse la sesera en el parabrisas, no sirven para nada. Y déjenme anotar un detalle: precisamente en la edad de las indecisiones, en la que el cerebro todavía no ha asimilado que la vida consiste en vivirla y en la que la falta de madurez es una seña de identidad capaz de jugar pésimas pasadas, es en la que se registra la mayor parte de los accidentes fatales. Al joven que se cree inmune y capaz de todo se le pone ante un volante y se le insta a correr a 140 kilómetros por hora hasta que el viaje acaba en un arcén con un cadáver rodeado de sanitarios y policías. No sólo se truncan vidas sino que se deja en permanente estado de 'shock' a quienes siguen viviendo tras haber perdido a los que querían.
Nada de esto tiene sentido. Mientras se limita hasta extremos inquisitoriales el consumo de tabaco por los riesgos que conlleva para la salud, se permite la fabricación de potentes máquinas infinitamente más peligrosas para quien las conduce o quien se cruza con ellas sin haberlas visto venir. Es, como escribía Eduardo Galeano, la impunidad del sagrado motor. Y mientras ese artefacto siga siendo el amo, seguiremos llorando a los muertos.