Si faltamos a la verdad no es menos cierto que ella también nos falta a nosotros. No es lo mismo mentir que ser un embustero de tomo y lomo, sobre todo de lomo, como los políticos de diverso pelaje. Que yo sepa, sólo un contemporáneo, Julián Marías, hizo un pacto en la niñez que le comprometía a no mentir jamás. Odiaba la mentira en la misma medida que otras personas, menos intransigentes, nos llevamos bien con ella en determinados momentos. Por ejemplo cuando nos presentan a alguien con altas probabilidades estadísticas de ser un majadero y le aseguramos que estamos encantados de conocerle, o cuando le decimos a un conferenciante que nos ha gustado enormemente su disertación, incluso que nos ha parecido corta a partir de la hora y cuarto. Se asegura que la verdad nos hará libres, pero todos conocemos a personas que han ido a la trena por proclamarla. «Mentira bien inventada, vale mucho y no cuesta nada», afirma nuestro refranero. En cierto modo, esa idea reaparece en Antonio Machado, si bien engrandecida por el poeta que descuidaba su indumentaria, pero siempre cuidó su línea interior: «También la verdad se inventa», dice.
Ahora los españoles, que llevamos una larga temporada instalados en la falsedad, más o menos piadosa y esperanzada, nos hemos inventado una fastuosa mentira colectiva. No se la traga nadie, pero podemos deglutirla entre todos. Según la última memoria de la Administración Tributaria, sólo un 15% de los contribuyentes declara a Hacienda que gana más de 30.000 euros al año. Hace falta tener mucha cara, pero eso no basta. También es preciso tener unas espaldas muy anchas y unos bolsillos muy estrechos, para que no se asome el dinero. Los ingresos del trabajo, que dan una media de 17.624 euros, casi duplican a los llamados de «actividades económicas». La profesión de hipócrita sigue teniendo ventajas maravillosas. Incluso ventajas fiscales.