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Miércoles, 19 de abril de 2006
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OPINIÓN
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¿Cómo pudo resultar elegido?
Justo 450 años atrás de la elección del cardenal Joseph Ratzinger como nuevo Papa Benedicto XVI tuvo lugar la designación del cardenal Juan Pedro Carafa como pontífice Pablo IV. En aquella ocasión, al igual que aconteció hoy hace un año, miles de personas aguardaban impacientes en la plaza de San Pedro del Vaticano y sus alrededores la noticia de quién iba a convertirse en el nuevo Papa. Entre ellas se contaba nada menos que Ignacio de Loyola. Uno de los jesuitas que se encontraban en esos momentos junto al vasco más universal de la historia escribió, ya fallecido el santo, que a Ignacio de Loyola «se le estremecieron todos los huesos del cuerpo» cuando descubrió que el cardenal Carafa había resultado elegido, que se «levantó sin decir palabra, y entró a hacer oración en la capilla».

Ocurría que años atrás Ignacio de Loyola y el cardenal Carafa habían mantenido sonoras desavenencias en torno a la emergente Compañía de Jesús, de la cual el vasco había sido fundador. Era conocido que ambos nunca habían logrado entenderse. Ahora seguramente Ignacio de Loyola temía que el nuevo Papa pusiera trabas a la expansión u organización de la Compañía de Jesús y le preocupaba estar obligado a aceptar sus indicaciones. Ignacio de Loyola podía tomarse la licencia de divergir de un obispo cualquiera, incluso de un cardenal pero era consciente de que no podía hacerlo del mismísimo Papa.

No es un secreto que, como Ignacio de Loyola hace cuatro siglos y medio, millones de católicos albergaron sus propias inquietudes cuando en la tarde del 19 de abril de 2005 conocieron que el cardenal Ratzinger había resultado elegido Papa. En la mente de casi todos permanecía la imagen de Ratzinger como férreo defensor de la doctrina, que había condenado a teólogos disidentes y que se mostraba poco abierto a los planteamientos vanguardistas o renovadores que emergían continuamente dentro de la Iglesia católica. Pero debe reconocerse que el cargo de prefecto del antiguo Santo Oficio no ofrece muchas oportunidades para desempeñarlo de otra manera.

Una fumata blanca tan temprana hizo enseguida suponer que el sucesor de Juan Pablo II no podía ser otro que uno de los 'papables' más notorios, a quien se habría empezado a votar decididamente en los primeros escrutinios. Si la elección hubiera sido demorada varias votaciones más, habría dejado entrever que los candidatos 'favoritos' se habían neutralizado los unos a los otros y que, en consecuencia, el cónclave tendría que haber ido en busca de un cardenal de consenso, de compromiso y poco conocido. Entre estos últimos podía descubrirse algún español, como el cardenal Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla. Es sabido que en octubre de 1978 la candidatura de Karol Wojtyla sólo emergió con fuerza cuando los dos cardenales más votados -Giuseppe Siri y Giovanni Benelli- se bloquearon el uno al otro. Pero nada de eso ocurrió en el cónclave que eligió al cardenal Ratzinger.

Eso sí, no creo que Ratzinger buscó ser elegido o que propició su candidatura, como tantas veces ya se ha escuchado. Su elección se fraguó después del funeral del Papa polaco, de la mano de cardenales como el español Julián Herranz, miembro del Opus Dei. Las quinielas que circulaban hasta la muerte de Juan Pablo II infravaloraron las posibilidades del cardenal alemán. ¿Cómo pudo entonces ser elegido, entre casi 120 cardenales, venidos de todos los rincones del planeta? Lo cierto es que Ratzinger cumplía casi el perfil perfecto para quienes iban buscando un Papa de transición y continuista.

Después de la larga 'era Wojtyla', que se extendió 26 años, existía un firme consenso entre los cardenales en torno a que la Iglesia católica no estaba preparada para afrontar un nuevo pontificado tan largo. Lo deseable sería que el Papa electo abriera, más bien, un 'paréntesis' en la historia de la Iglesia católica. El cónclave fijaba sus ojos, por tanto, sobre todo en los cardenales que rebasaran los 70 ó 75 años. El hoy Benedicto XVI había cumplido los 78 años el día que el cónclave dio comienzo, mientras que Wojtyla fue elegido con justo 20 años menos.

Por otro lado, Ratzinger se había convertido en la mano derecha de Juan Pablo II desde que a principios de los años 80 le llamó para presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe. La sintonía personal y 'profesional' entre ambos era casi absoluta, si bien el polaco era mucho más intuitivo, quizá en exceso, en tanto que Ratzinger ha sido siempre más racionalista, como buen alemán. Sirva de ejemplo que algunas fuentes de solvencia afirman que Ratzinger fue reacio a creer, y más aún a divulgar, que el atentado contra Juan Pablo II acaecido el 13 de mayo de 1981 guardara relación con el conocido como Tercer Secreto de la Virgen de Fátima. Pero Juan Pablo II siguió estando convencido de que la Virgen María fue quien le salvó de una muerte que varias décadas atrás se había predicho en Portugal.

No obstante, estaba también en boca de todos que Ratzinger no poseía el carisma, la gran capacidad de comunicación y el don de gentes de Juan Pablo II, que le habían permitido al Papa polaco sintonizar con sectores de dentro y fuera de la Iglesia católica que no compartían buena parte de sus planteamientos.

De todas formas, el emotivo funeral de Juan Pablo II que Ratzinger presidió y el carácter dialogante que mantuvo a la hora de moderar, como cardenal decano, las Congregaciones Generales previas al cónclave, le fue rápidamente ganando adeptos. Así la prensa italiana, los días previos al cónclave, pronosticó que Ratzinger podía contar con alrededor de 40 votos, poco antes de entrar en la Capilla Sixtina.

La revista italiana 'Limes' reveló hace unos meses, a partir del diario de un cardenal italiano al que tuvo acceso, que Ratzinger se acercó al medio centenar de votos en la primera votación. La minoría de cardenales que pretendían que el nuevo Papa, más que apostar por la continuidad, liderara una renovación -aunque fuera tímida- dentro de la Iglesia católica, tenían como referencia al inteligente jesuita italiano Carlo María Martini. Este cardenal recomendó a sus colegas más afines que centraran sus votos en el también jesuita Jorge María Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, que en el primer escrutinio había sido el segundo más votado, aunque a gran distancia de Ratzinger. En la segunda y tercera votación, Ratzinger continuó sumando votos pero también lo hacía Bergoglio, impidiéndole al alemán alcanzar los dos tercios necesarios. Según 'Limes', Martini se sentía satisfecho, pensaba que era posible detener la elección de Ratzinger y que el cónclave se tendría que decantar por un cardenal de compromiso.

Martini había permanecido durante dos décadas en la lista de 'papables'. De él se llegó a decir que si todos los cristianos hubieran participado en el cónclave, habría resultado elegido Papa. Hombre de gran prestigio intelectual, creatividad y carisma, en 2000 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Vive retirado en Jerusalén, donde dedica su jubilación a los estudios bíblicos, y siempre preocupado por la conexión entre la fe y la cultura o el diálogo interreligioso.

La cuarta votación fue la última. Los cardenales optaron por no demorar más la elección del nuevo Papa e impedir, de esta manera, que se percibieran señales de división dentro de la Iglesia. Era conocido que el cardenal Bergoglio tampoco estaba por la labor de competir contra Ratzinger. Los cardenales que buscaban un Papa que no reflejara una línea tan continuista terminaron por ceder. Los cardenales latinoamericanos que insistían en que el nuevo pontífice no fuera europeo también claudicaron. La alternativa al ahora Benedicto XVI duró una mañana. Como ya se pronosticaba desde días atrás, el cónclave se transformó casi en un plebiscito, en el que efectivamente Ratzinger entró cardenal y salió Papa.



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