En la biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado, 'Ligero de equipaje' (Aguilar), constan hasta los números de portal y las manos en que vivió el poeta con su familia en sus diferentes residencias en Madrid. Todo un prodigio de investigación que hasta ahora nadie había hecho y que se inserta en una interpretación sobre la obra y la vida del escritor, sobrio en los usos de la palabra, tímido y reservado, pero valiente cuando se necesitaba serlo. Gibson estuvo ayer en Bilbao, donde recibió el Farolillo de Papel, premio que concede la Cámara del Libro de Euskadi anualmente.
-Antonio Machado terminó el bachillerato a los 21 años. ¿Fue tan malo en los estudios?
-No sabía a qué dedicarse. Pensó en ser actor, pero tampoco lo tuvo muy claro. Había estudiado en la Institución Libre de Enseñanza y allí no había libros de texto. No se les preparaba para el examen de bachillerato, aunque poseían una excelente cultura general. Eran maravillosos. Y poco prácticos.
-Por terminar tarde la carrera tuvo que peregrinar por los institutos de Soria, Baeza y Segovia, cuando él quería vivir en la gran ciudad.
-Su familia le había enseñado a amar el campo. Su abuelo había escrito sobre los peces del Guadalquivir, había sido el primer en ver un lince en Doñana, invitó a naturalistas británicos para que investigaran en la zona. Machado decía: «La patria no es el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra». Pero aun así, su mundo pertenecía a la ciudad. Vivió los primeros ocho años en Sevilla, y luego en Madrid. Sus amigos estaban allí.
Unamuno, el maestro
-¿De qué escritor aprendió más?
-De Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez, de todos, aunque su gran ídolo fue Unamuno. Le ve como un como un hermano mayor, valiente, hábil en los debates, un ejemplo moral.
-Pero Machado era mucho más sobrio que Unamuno.
-En cuanto al estilo, desde luego. Nunca he visto una palabra mal colocada en Machado. Cada una está en su sitio, totalmente justificada. En sus cuadernos se ve todo el trabajo que le llevaba un poema aparentemente sencillo. Fue un gran prosista. He aprendido mucho de él, porque, claro, yo escribo en español, que no es mi lengua materna, y cada día es para mí una aventura lingüística y humana.
-Había muchas rencillas entre los escritores de su época. Sin embargo, con Machado no se metía nadie.
-Es verdad. Vivió en un periodo muy crispado, pero siempre evitó los insultos, también cuando atacaba al fascismo. Hombre, a Alfonso XIII le llama «gusano de caño sucio», pero en una carta privada.
-Machado se afilia en 1926 al partido de Manuel Azaña, Acción Republicana. ¿Cómo se le puede definir políticamente?
-Lo dice una y otra vez: «Yo soy un viejo republicano». Reconocía la contribución del marxismo a la mejora de las clases populares, pero él no podía ir tan lejos, sobre todo por su educación. No podía creer que el factor económico fuera siempre el más importante. Y todo este mensaje de moderación lanzaba delante de una muchedumbre sedienta de venganza.
-¿Cree usted que perteneció a lo que Paul Preston ha llamado 'La tercera España', la que estuvo en medio de los dos extremos?
-Claro. Pero 'la tercera España' no tenía gran cosa que decir en una situación tan exaltada como la de la República. La tragedia vino con las elecciones del 1933, con una izquierda que se presentó muy dividida, lo que dejó la victoria en bandeja a la derecha de Gil Robles. De no haber sido así, se habrían consolidado los avances culturales y la mejora económica del primer bienio.
-«Mi hijo no tuvo la alegría de la juventud». Lo decía su madre.
-Machado publica 'Soledades' con 28 años. No es un título muy alegre para un joven de esa edad, ni tampoco puede decirse que sea un homenaje a Góngora. Es una declaración existencial. Yo creo, y esta es la tesis de mi biografía, que él tuvo un trauma infantil con una chica de la casa. A los cuatro años pierde el paraíso, el Palacio de las Dueñas, donde vivía en Sevilla, y nunca olvida aquel jardín. Me imagino que un poco después pasa algo con esa chica. No hay que olvidar que un muchacho de cinco años puede estar enamorado y que pudo coger una depresión por esa pérdida.
Su hermano Manuel
-Fue muy distinto a su hermano Manuel.
-Manuel nació donjuán, lo contrario que su hermano. Fue el sevillano clásico, un 'latin lover' con mucho éxito, dicharachero, juerguista. Por contraste, Antonio no se siente tan atractivo y conquistador, y además tiene que competir con la poesía de su hermano.
-Pero se llevaban bien y firmaban obras de teatro juntos.
-Sí, y además las obras trataban sobre el amor, lo que indica que hubo una gran complicidad entre los dos y que compartieron su intimidad. Uno de los grandes problemas que me han surgido es que Manuel nunca explicó su actuación en la guerra y Antonio nunca quiso decir nada sobre este asunto.
-¿Qué representó Leonor, su mujer?
-Un intento de recuperar el amor perdido. Cuando se casó ella tenía quince años, y era dulce, tierna, con una piel muy pálida. Machado la describe en un poema como «el hada más joven», que le lleva en brazos a una fiesta en Sevilla, la gente está bailando y ella le dice adiós y le abandona. Yo creo que eso representó Leonor.
-¿Y la 'Guiomar' que aparece en sus poemas, es decir, Pilar Valderrama?
-Machado siempre está esperando a la «mujer hospitalaria», como decía en un poema. La ve y enseguida se enamora. Llevaba años esperando una ocasión así.