Cuarenta años, al igual que la larga marcha de los hebreos en el desierto. Así anduvieron errantes por esos mundos las manos de Ernesto 'Che' Guevara, cercenadas de su cadáver tras su muerte en tierras bolivianas. Cuenta la peripecia viajera un viejo militante del Partido Comunista de Bolivia que, tras guardarlas bajo la cama por espacio de cinco meses, las trasladó después en un bolso desde La Paz a Moscú, que era el zigzagueante geopolítico itinerario, por muy a desmano y surrealista que hoy parezca, que tenía un camarada entonces más a mano para alcanzar el destino final de las reliquias del mítico revolucionario.
Cuba tan cerca y a la vez tan lejos, que las distancias tienen dueño y señor como se aprecia cuando los amos de las utopías del puño cerrado cierran puertas, imponen sendas y vallan caminos. Alguien definió a las manos como pajarillos que unas veces anidan en nuestros bolsillos y otras en los del prójimo. De mano en mano de prójimos de ideario afín al guerrillero anduvieron las manos del 'querido comandante', repetidas por millones en popularísimo cartel, las que sostenían el fusil y el puro de un icono del siglo pasado, ahora retro souvenir. Eran robustas, cubiertas de un vello fino. Daban la impresión de que habían sido cortadas con instrumental inadecuado. El instrumento que tenían al alcance de la mano los mutiladores, soldaditos bolivianos.
Las manos alzadas que llaman a derribar murallas en la canción. Las manos que empuñan metralletas o ponen bombas, y que en Colombia intentan sustituir por guitarras. En febrero de 2003, un coche-bomba causa 36 muertos ante la discoteca El Nogal de Bogotá. El músico César López, presente en la concentración de protesta contra el atentado, cara a cara frente a un militar observa que éste sostenía en sus manos el arma de idéntica forma que él la guitarra, y así le nació la idea de las 'escopetarras' o 'fusitarras', AK-47 con los cañones silenciados, recortados por las cuerdas sonoras que ya empuñan en clave pacifista Fito Paez, Juanes, Shakira, Julieta Venegas y Paul McCartney. Aplaudirán miles y miles de manos mientras crece el armamento en los arsenales.