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Jueves, 20 de abril de 2006
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Los pendientes del buque
La Escuela de Náutica de Portugalete alberga una colección única en el mundo de áncoras marinas, las piezas que unen al barco con su destino en tierra
Los pendientes del buque
UN CLÁSICO MODERNO. Ancla Hall, de Vicinay, donada en 1968 a la Escuela de Náutica cuando inauguró su actual edificio en Portugalete.
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«Desde el principio hasta el final los pensamientos del marino están enormemente pendientes de sus anclas. No es tanto que el ancla sea un símbolo de esperanza como que se trata del objeto más pesado de cuantos tiene que manejar a bordo del barco, en la mar, durante la habitual rutina de sus obligaciones». Estas líneas certeras fueron escritas hace un siglo por Joseph Conrad, el hombre que mejor ha sabido captar el espíritu de los marinos y el alma de los barcos.

Para quienes se han empapado de sus escritos, para los que han leído y soñado con Stevenson, Slocum, Moitessier, Salgari, Vito Dumas... la Escuela Técnica Superior de Náutica y Máquinas Navales de Portugalete esconde un tesoro gigante: 190 anclas, antiguas y contemporáneas, restauradas, negras, mates, severas y prácticas dispuestas en los 555 metros cuadrados del vestíbulo de entrada al centro. En el exterior se muestra también una docena de grandes piezas destinadas a su empleo por grandes buques, plataformas petroleras y mercantes. Uno descubre aquí que primero fueron piedras agujereadas para poder pasarles un cabo y bloques de madera trabajados para buscar la seguridad de los buenos placeres. Se llamaban killicks y potalas y fueron usadas por los pescadores de todo el mundo, un conocimiento transmitido de barco a barco, de hombre a hombre. Luego fueron forjándose en bronce. Más tarde llegaría el hierro, los primeros arpeos de brazos afilados, las onzas y cadenas que llegaban al fondo acogedor y seguro.

En una de las paredes se exponen ocho paneles donde 230 modelos sistetizan 4.000 años de historia. Ha sido un trabajo de hormiga del maquetista Andoni Alzola Alkorta, piezas de artesanía minúsculas y fieles que retratan a estas toscas y honradas compañeras de los marinos. Las hay de formas caprichosas, como cazos, con forma de arados o de ingenios de guerra... Se muestran rezones (usados para barcos menores), la clásica ancla Bruce (como un arado y que puede pesar de 10 kilos a 10 toneladas), las anclas CQR con su clásica forma, anclas con aspecto de hongo (para fondear en lodos, por su gran poder de agarre), las Britanny, las Trotman (de mediados del XIX, con sus uñas basculantes), las del Almirantazgo, las Diderot, las Pering, Rodger, Parker, Lenox, Mitcheson, las de la Compañía Euskalduna, las de Vicinay con sus cadenas de última tecnología... Nombres de ingenieros, técnicos e industrias que han puesto todo su saber y celo en asegurar los buques.También hay anclas de capa (para afrontar el mal tiempo) y hasta una miniatura del ancla AC-16, diseñada para un submarino nuclear.

Hoy, confía Fernando Cayuela, director del centro y el mejor de los cicerones posibles para esta muestra, la mayoría de los buques llevan anclas Halls, hechas en China, como casi todo. Pero las cadenas, no. Y son un mundo, dice. Se disponen a partir de un grillete, se colocan los eslabones y, a tramos regulares, otros con contrete, desmontables en caso de que haya que abandonar el ancla. También se sitúan eslabones giratorios, para quitarle las vueltas a la cadena.

De cepos y uñas

En este museo de anclas, único en su género en el mundo, se aprende también que en los siglos XVI y XVII llamaban vizcaínas a las anclas que embarcaban galeones y navíos, aunque se hacían en las ferrerías guipuzcoanas. El visitante aprecia la evolución del cepo (la pieza superior que hace posible que las uñas se claven al fondo) y observa cómo, hacia el siglo XVI, se sustituyen los de madera por los metálicos. La razón la explica Cayuela: «Las anclas con cepo de madera no podían desmontarse e iban suspendidas, como vemos en las películas, en las amuras de los buques con un aparejo llamado pescante de gata compuesto de roldanas (poleas) y cuadernales. El cepo metálico permitía llevarlas estibadas en cubierta».

La segunda gran innovación, subraya, tiene que ver con la desaparición del cepo. El bloque donde van las uñas (las puntas afiladas del ingenio) se hace móvil para articularse 30 grados a cada lado. Y, junto a las anclas va siempre la cadena, «la catenaria» que absorbe los movimientos del barco filándola. Realmente un buen fondeo depende de la óptima disposición de la cadena. «Los fondos de roca son malos tenederos porque el ancla se puede enrocar. Se prefieren los de arena o limo», apunta Cayuela. El director de la escuela descubre para el neófito algunos detalles asombrosos: como que los tramos de cadena se miden en grilletes, una medida náutica que equivale a 27,5 metros. En los bajos del edificio de Portugalete duermen viejos útiles empleados en la ferrería de las anclas, los moldes usados para fundirlas, antiguas piezas brillantes... Junto a ellas Cayuela habla de las dos únicas anclas romanas encontradas enteras en el mundo: la del lago Nemi, que perteneció al barco del emperador Calígula y otra que acaba de ser recuperada, enterrada en sal, en el Mar Muerto. Dentro de algunos siglos, nuestros domésticos rezones serán, tal vez, piezas de coleccionista.



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