Disculpen ustedes si doy muestras de cierta aprensión inocente al tratar estos delicados asuntos, pero cuando escucho términos como próstata me cruza la espina dorsal un leve ramalazo nada tranquilizador. Como decía Woody Allen en una película, todo lo relacionado con la zona sur del organismo es lo que más me interesa después del cerebro. Me dicen, ya lo sabía, que a partir de los 50 años es muy conveniente revisar los países bajos para no encontrarse con un problema grave cuando ya sea tarde para resolverlo.
No quiero frivolizar, los dioses me libren, pero escuchar argumentos que se refieren a agrandamientos de la próstata, a dificultades para mantener relaciones sexuales o incluso para mear (disculpen lo abrupto del término), me intranquilizan marcadamente. Todos los varones de la tribu sentimos una querencia especial, no exenta de ternura, hacia nuestros órganos favoritos, como las damas hacia los suyos. No hay nada perverso en ello.
Lo que he leído sobre este escabroso asunto es tranquilizador: ahora la próstata puede operarse con láser, es casi indolora, el alta se obtiene en un día si todo va bien y todo vuelve por donde iba. Lo que me inquieta es la sugerencia médica de visitar al urólogo a partir de los 50 años, edad a partir de la cual toda precaución es poca.Confieso que estas cosas me asustan bastante aunque se me pasa enseguida si todo va bien.
Los hombres tendemos a ser descuidados en estos asuntos y hacemos muy mal. Sin embargo estamos hablando de la zona sur de nuestro esperanzador organismo.Y digo lo de esperanzador porque del uso de nuestras facultades en ese campo puede depender mucho más que la salud física. De cualquier forma, cuando se llega a cierta edad todo se vuelve inquietante, y no conviene asustarse más de la cuenta. Si lo llevamos como es debido no nos complicaremos la vida, aunque para conseguirlo haya que pasar por una experiencia de índole más bien inquietante. c.p.uralde@diario-elcorreo.com