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Sábado, 22 de abril de 2006
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MOTOR
La peregrinación del 'cavallino'
En la localidad de Maranello se respira aire Ferrari por todos los costados En un pueblo de aspecto agrícola abunda el coche más emblemático
Noventa y cinco kilómetros al norte de Ímola, autopista A 1, salida Modena sur, cruces laberínticos entre viñedos de la campiña romagnola, tráfico denso, pueblos de labor que se mezclan con coches de quitar el hipo, un cartel anuncia un santuario de peregrinación. Maranello, la sede de Ferrari. Bienvenidos al paraíso de la velocidad.

No hay que preguntar al adentrarse en este pueblo de diez mil habitantes que en 1943 recibió la mejor noticia de su historia. En plena Guerra Mundial, Enzo Ferrari decidió trasladar su fábrica de Módena a Maranello. Por la calle principal que serpentea entre chopos, surge un hombre ataviado completamente de rojo. Pantalón de franela y camisa al estilo Fórmula 1, dos parches en las hombreras, espacio para la publicidad. No es un hincha abducido por la leyenda de la 'Scudería', sino un trabajador de la fábrica que ocupa varias manzanas en el centro de la localidad. No hay que preguntar por dónde se va a Ferrari. Maranello es Ferrari.

La vieja fábrica que levantó Enzo Ferrari sigue ahí, a la izquierda del camino. Más operarios, igualmente rojos, caminan en dirección a algún bar próximo en la hora del bocadillo. Hay hambre a las once de la mañana. Al otro lado de la calle esperan el 'warm-up', el 'cavallino', el 'pit-lane' o alguna de las otras tabernas que por asociación de ideas cuelgan esos nombres de sus toldos.

De repente, todo es rojo y negro. Rojas las banderas Ferrari con el 'cavallino' negro en el centro de la tela. Rojo o negro el tono del pueblo, en sus escaparates, en las tiendas, en los jardines. Los visitantes compran camisetas rojas y en el paseo se funden con el aspecto cromático del lugar.

Una gorra azul con el sello Renault y Alonso en la cabeza de un chaval destroza la acuarela uniforme a las puertas del museo Ferrari, el punto final de la excursión. Once autocares y un aparcamiento donde no cabe un alfiler indican que hoy toca una visita multitudinaria. Una nutrida colección de aficionados se encamina hacia la puerta, un gigantesco muro de hormigón con un caballo negro encabritado al que escolta un coche rojo hermético, sin ventanas ni ruedas ni nada.

Piezas de artesanía

El museo santifica cualquier ilusión de un ferrarista. En un expositor se exhiben los monoplazas de las últimas cinco temporadas, junto a los neumáticos Bridgestone apilados como piezas de artesanía. En un vitrina aparece la reproducción en miniatura de todos los coches Ferrari que han competido en la velocidad. El Alfa Romeo 1935 de Nurolan o el 312 T de Niki Lauda campeón del mundo.

El piso superior enloquece a los turistas. Modelos de coches de calle. Ferraris a manta en 500 metros cuadrados. Y la estrella es el F50 de 1995, sus 520 caballos, su velocidad punta de 325 kilómetros hora, su estética ferrari cien por cien. El instituto se llama, claro, instituto Ferrari . Y el cura del pueblo, Alberto Bernardoni, toca las campanas de la iglesia cuando gana la escudería. Hay tractores aparcados en las granjas aledañas y a su lado sobrevuela una pequeña colonia de Ferraris llegados de cualquier parte. El universo rojo. En un pueblo de aspecto agrícola, abunda el coche más famoso del planeta.



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