Disculpen ustedes si confieso mi absoluta desgana cuado se trata de ponerme en forma, al contrario de lo que le ocurre cada vez a más gente, incluida la que no tiene ninguna necesidad de ponerse en forma. Pero por lo visto la severa manía de cuidar del cuerpo se extiende por doquier y ya se recurre a entrenadores personales y otras alma caritativas que, por un precio más o menos módico, convierten al cliente en un ejemplo de elasticidad corporal sin necesidad de deslomarse en el intento. Según un experto consultado, bastan unas gomas, un balón gigante y una colchoneta para conseguir lo que uno se propone.
Además, se ha ganado mucho en eso que se llama privacidad: ya no es imprescindible exhibirse ante el prójimo con las articulaciones al borde del desguace: el trato puede ser personalizado y respetuoso, lo cual es un triunfo sobre la rigidez cuasimilitar que se estila en ciertos gimnasios inclementes.
Lo que más me llama la atención es el origen de la clientela esperanzada: amas de casa, ejecutivos estresados, veinteañeros, octogenerarios, varones y hembras, niños y niñas. Nadie está libre de tirar la primera piedra antes de que se la tiren a él. Según cuentan los expertos, se suelen establecer relaciones muy cordiales entre entrenadores y pacientes (quiero decir clientes, disculpen el lapsus) y el porcentaje de éxito suele ser elevado. En la era del culto al cuerpo, sea lo que sea tan extraño ritual, usted puede recuperar la buena forma perdida en los afanes diarios por un precio módico y sin demasiado sufrimiento.
Los expertos advierten contra un tipo de cliente muy especial: el que quiere convertirse en Superman o Superwoman en un tiempo récord. Es el que acude al gimnasio con la pretensión de ser el absoluto rey del mambo, aunque el mambo ya no se estile ni de lejos.
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