Carlos Iglesias es un hombre con dos vidas, dos historias y dos patrias. No tiene dos corazones de puro milagro. Su más tierna infancia la pasó en Suiza, un lugar de 'postal' y con olor a chocolate, donde emigró su padre en la década de los sesenta «para ganarse el pan como mecánico fresador». Después volvió a España, «un lugar feo», y el mundo se le vino encima. No entendía nada. Sólo sentía. Y añoraba. El hombre que se dio a conocer gracias a sus personajes de Pepelu, en 'Esta noche cruzamos el Mississippi', y Benito, en 'Manos a la obra', debuta como director en la gran pantalla con 'Un Franco, 14 pesetas', una emotiva película que se estrena el 5 de mayo y que aborda la inmigración desde la amabilidad y la ternura. En la propuesta de Iglesias, que estuvo ayer en Bilbao, no hay nada que entender, sólo sentir.