Comparada con lo que ocurre en otros sitios, Álava parece un paraíso en lo que a delincuencia se refiere, y además sabemos según la memoria de la Fiscalía que en el pasado año ha descendido un 5%. Si hemos de hacer un acto de fe, tendremos que levantarnos cada mañana con una sonrisa en los labios no exenta de algún rictus precavido. Por si acaso los informes incurren en el optimismo desmesurado, fenómeno que suele darse a la hora de eludir el peligro.
El agujero más negro está en la criminalidad organizada, en la falsificación de documentos, en la explotación de prostitutas, en el robo de empresas, en la duplicación de tarjetas de crédito y en las estafas por Internet, red de redes en la que nunca he confiado con la mansedumbre que emplean otros. A veces me maravillo del grado de candor con que se mueven algunos en este asunto.
El caso es que el año pasado sólo se cometieron dos homicidios, cifra que indica lo afortunadamente lejos que estamos de Las Vegas o de Ciudad de México. Aumentan sin embargo los robos con violencia y los efectuados por vía telefónica, los cuales me resultan especialmente incomprensibles. Descienden por fortuna los atentados contra la libertad sexual, aunque podrían ser castigados con dureza si no funcionase una especie de ley del silencio para acallarlos. Después tenemos las terribles estadísticas referidas a la violencia doméstica, esa tragedia cotidiana que parece no tener fin. Por lo demás, nada nuevo, porcentaje arriba o abajo. La seguridad perpetua se adivina utópica. c.p.uralde@diario-elcorreo.com