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Martes, 25 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Una capital y un Gobierno a la deriva
En los edificios oficiales, los funcionarios de ceño fruncido deambulan entre agentes de seguridad, barreras antiterroristas y pérdida de paciencia. Washington rezuma incertidumbre, pesimismo, nerviosismo y agresiva superioridad que enmascara la búsqueda de una identidad difuminada.

Mientras el presidente chino estuvo visitando a Bush, los columnistas de costumbre deslizaron notas de desconfianza hacia los europeos, ahora que Blair ya no puede llenar más el vacío del antiamericanismo rampante que se está adueñando del planeta y capturando sectores conservadores, antes incondicionales de Nixon y Reagan. Con Berlusconi exorcizado, y de acuerdo con Prodi en un solo tema (salir de Irak a finales de año), las periódicas y patéticas recaladas de Aznar en Georgetown ya ni resuenan en la Casa Blanca.

El cambio de guardia en el Gabinete de Bush parece un híbrido de traspaso de administraciones, inercia ante los inamovibles y maquillaje en la desesperación del descenso de la tasa de aprobación en las encuestas. En su apresuramiento por taponar las goteras, Bush añade confusión al flanco que, después de todo y a pesar de los desacuerdos, siempre será el más fiel aliado aunque competidor leal, sobre todo en lo que una vez un presidente definió como el «negocio» (business) de «América»: Europa. Pues bien, en Bruselas, donde lo que mejor funciona de la precaria soberanía compartida en horas bajas es la política comercial, ya no saben el número de teléfono del encargado en Washington, pues éste cambia con tanta frecuencia que las tarjetas de visita se amontonan sin uso. Cuando el eurocomisario Peter Mandelson parecía estar ya acostumbrado a tratar con Rob Portman, ahora Bush lo recicla para apuntalar la bancarrota del Presupuesto, y deja el puesto en manos de su asociada, Susan Schwab, a la que no se augura un mandato duradero.

El dominó comenzó con el desplazamiento del veterano Andrew Card de su puesto de jefe del Gabinete presidencial y la renuncia del jefe de prensa Scott McClellan (famoso por sus «no comment»), mientras el todopoderoso gurú de las encuestas Karl Rove se prepara para conjurar la problemática elección de noviembre que hace peligrar la mayoría republicana. Pero, significativamente, dos iconos del régimen de Bush siguen inamovibles: 'Condi' Rice y Donald Rumsfeld. Obsérvese la moderación y discreción con que la secretaria de Estado se mueve los últimos meses, no se sabe bien si para protegerse de una posible aspiración presidencial ante Hillary Clinton, o simplemente para hacer mutis como su antecesor Powell y excusarse de haber cumplido simplemente órdenes y no de ser autora intelectual de numerosos tropelías estratégicas desde 2001, si no desde antes.

En contraste, Rumsfeld sigue en el ojo del huracán y ahora ha pasado a los anales de la historia política y militar de la superpotencia cuando una docena de generales jubilados le han propinado un pronunciamiento que recuerda, al revés, las críticas veladas que otros antecesores hicieron ante la lamentable política en Vietnam y también en Corea. Ahora bien, en contraste con la mal disimulada alegría con que ahora se expresan los críticos de la política exterior de Estados Unidos, la actitud sin precedentes de los generales es digna de preocupación, un detalle más en el ya borrascoso panorama en el que se encuentra el país.

Detrás de esta irritación se agazapa el sentimiento de que la guerra ahora ya no la lleva sobre sus espaldas toda una ciudadanía, sino un sector empobrecido, minoritario, aislado y obligado a ejecutar órdenes dudosas, abocado a actuar como ocupante, verdugo y torturador. Si mal habría estado que en pleno ejercicio los militares se hubiesen rebelado ante la autoridad civil (no se les pasó por la cabeza), también puede causar daño al país esta rabieta mientras se cobran pensiones (o se ejercen otros trabajos simultáneos). Su intervención indirecta en la política, arropados por su capacidad militar (superior a la de Rumsfeld), es un riesgo que de ninguna manera necesita ahora EE UU, atrapado en una confusa y manipulada lucha por las señas de identidad ante una inmigración imparable.

Recuérdese, por otra parte, que las desgracias de Bush se acrecentaron con las filtraciones de antiguos agentes de la CIA que han convertido el trabajo de John Negroponte en una 'misión imposible'. Con más de 100.000 espías desparramados por la galaxia y arrabales, en funciones solapadas y contradictorias, el panorama es una invitación al desastre, mientras los ciudadanos viven aterrorizados. Pero obsérvese que detrás de todos estos cambios funcionariales solamente se esconde un objetivo: proteger a Bush de más investigaciones y escrutinios del Congreso. Él es, al fin y al cabo, el responsable de todo el andamiaje desastroso que heredará su sucesor, sea republicado o demócrata. Así las cosas, Rumsfeld está ejerciendo a las mil maravillas el papel de pararrayos.



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