Lo esencial es invisible a los ojos», escribió Saint-Exupery en su famoso libro 'El Principito'. Frase muy celebrada por quienes creen en un Espíritu trascendente que mueve el mundo, es la materia, sin embargo, la que pone en ella una inquietante actualidad a cada momento. La contaminación suele ser invisible. Por eso cuesta tanto tomársela en serio. Es verdad que, tarde o temprano, sus efectos aparecen ante la vista, pero suele suceder a una hora tardía para cualquier remedio. La contaminación radiactiva que generó el desastre de Chernóbil no se ve. Sus efectos sólo hemos empezado a verlos. En cuanto a las decenas de afectados por el amianto que se reunieron el viernes en Bilbao, ellos y otros como ellos que ya no están entre nosotros, cuando le vieron las orejas al lobo ya tenían el amianto metido en los pulmones y lo invisible se iba haciendo visible en forma de sentencia o de diagnóstico. Cada año mueren en España 1.100 trabajadores por haber respirado amianto y el sindicato Comisiones Obreras calcula que en los próximos 20 años morirán entre 8.000 y 10.000 personas en el País Vasco por la misma causa. Osakidetza, denuncian, no quiere hacer un registro. Y es que los problemas, si los mantenemos en la invisibilidad, no existen, lo cual es más barato y más cómodo. El Parlamento europeo declaró cancerígeno el amianto en 1978. Esto no es como declarar a alguien 'persona non grata', pero en España aún se demoró 23 años su prohibición. En ese tiempo, la asbestosis se convirtió en una plaga y en un drama para miles de personas. Es casual que los afectados hayan decidido hacerse ver por estas fechas, cuando se cumplen (mañana) 20 años de la catástrofe de Chernóbil, pero el mundo invisible se manifiesta en ambos casos. Quien esto escribe tiene una especial afición a acercarse a las grandes y permanentes contaminaciones (la nube radiactiva de Chernóbil afectó a casi toda Europa y la zona próxima a la central no debería ser habitada hasta dentro de 500 años) por el lado de lo muy pequeño, de lo invisible. Al fin y al cabo el átomo es aquí el gran implicado. Y el átomo está no sólo en la escala de lo invisible por diminuto, sino literalmente a oscuras. Dicen que la luz visible es demasiado gruesa para caber en el mundo de las moléculas. ¿Cómo va a iluminar sus componentes! Todas estas realidades fantasmales son los ladrillos del mundo. Enredamos mucho sin muchas precauciones y, mientras el sarcófago que cubre el reactor número 4 de Chernóbil amenaza con derrumbarse, Europa no da muestras de hacer fluir sobre él los recursos necesarios para garantizar, no ya la seguridad de sus vecinos, sino la seguridad propia. La generosidad y la inteligencia suelen ir juntas. Por eso aquí ambas están ausentes.