Sean mis primeras palabras, admirable presidente, para felicitarle por haber llegado en tan buen estado de opinión al ecuador de la legislatura. Lástima que el entorno etarra desluciese el mitin de Vistalegre al incendiar de víspera la ferretería que regentaba en Barañain el concejal de UPN Antonio Mendive. Fue también una pena que el verificador no estuviera muy fino en el estreno de su cargo, cuando le hizo decir a usted hace seis días que «desde el 22 de marzo, el alto el fuego es un alto el fuego que cubre todos los aspectos, que es real».
El ministro del Interior comparecía en plan relámpago ante los medios para decir que el atentado de Navarra era «incompatible» con el alto el fuego permanente. Como ni usted ni el ministro declararon acto seguido la ruptura de la tregua, estábamos preguntándonos qué quiere decir «real» para su verificador y qué cosa significa «incompatible» para Rubalcaba, cuando se perpetró el atentado de Getxo.
Este proceso, no sé si nos va a llevar a la paz, pero sea cual fuere su estación término va a dejar en el camino el respeto a la palabra. Cuando un parlamentario tan brillante como Alfredo Pérez Rubalcaba dice: «el proceso tiene bases sólidas, lo hemos dicho varias veces y pienso que tiene bases sólidas», es que estamos llegando al grado cero de la expresión oral, dicho sea con el permiso de Roland Barthes. Hasta el PNV parece más enérgico que ustedes. Ellos interpelan a Batasuna, mientras ustedes tratan de disculparla.
No conviene descartar la posibilidad de que los atentados respondan a «otras motivaciones». Ahora, por lo visto, quieren ustedes tener pruebas de que las órdenes para los dos últimos atentados partieron de ETA. Las cosas no funcionan así. La moderna distribución del trabajo hace que cada cual conozca su cometido, sin esperar a que un requerimiento notarial le ordene incendiar un comercio. Verá, presidente, aquí lo que pasa es que se ha sentado usted a una mesa de la que le va a ser muy difícil levantarse y cada atentado aumentará un poco el precio político de la paz.
El verificador le dirá tantas veces como usted quiera que ha verificado el deseo de ETA de dejar las armas por mucho que los hechos digan lo contrario. A partir de ahora, cada atentado será obra de incontrolados o lo habrán hecho sin querer o nos empeñaremos en demostrar que no han sido ellos.
Asumir la realidad significaría que dan ustedes por rota la tregua. Pero levantarse de la mesa, presidente, supondría admitir que usted se equivocó al apreciar que ETA estaba dispuesta a abandonar las armas por las buenas y, lo que es peor, dar la razón al partido de la oposición. Eso es, justamente, lo último que usted está dispuesto a permitirse.
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