De la cesta de la compra sale humo. Llenarla es un problema y vaciarla dos problemas puesto que por un lado se vacía el presupuesto medio familiar y por otro, si es verdad que compramos productos no muy acordes con una buena alimentación, está claro que eso trae fatales consecuencias para la salud. En el último informe de la Organización de Consumidores sale Bilbao muy mal parado en lo que se refiere al ir y venir del mercado pues luce galana y altanera una de las cestas de la compra más caras de la península, una cesta que ni trenzada con mimbres de oro.
Asegura la OCU que si se compra en el establecimiento más barato de una ciudad, lo que se gasta permitiría comprar hasta el mes de abril del siguiente año si se hiciera en el local más barato de esa misma localidad que suele ser el que está más alejado y queda más a desmano pues el montante de la cesta de la compra va por barrios.
En la misma medida, si de ciudades hablamos, nos pillan bastante lejos los mercados más económicos, Cuenca, Almería, Ourense, Pontevedra, Vigo y Teruel, aunque si reflexionamos un poco bien merecerían esas provincias afortunadas para el dispendio unas aprovechadas y ventajosas visitas de cuando en cuando con la cesta de la compra bajo el brazo, placer turístico incluido. Dos pájaros de un tiro: llenar la despensa con menos dinero y conocer más mundo.
La cesta de la compra contiene recovecos oscuros. Lo indica el total de carreras con ellas hacia al super que se han de medir con similar baremo que el número de porros en un adicto al hachís. Advierte el filósofo francés, Bernard Stiegler que en las compras no es el deseo el que habla, sino la adicción al consumo; y esgrime como ejemplo al matrimonio Cartier, que endeudado hasta el cuello, intentó suprimir a sus cinco hijos en agosto del 2002. Qué tiempos estos, la cesta de la compra a la altura de la jeringuilla de un heroinómano y causa de incitación al parricidio.