Alguien dijo en una ocasión que el día en el que las desgracias se aprenden el camino de tu casa, ha llegado el momento de pensar en la mudanza. No es nuestro caso. Si algo mantiene al Athletic a salvo de las dentelladas del lobo del descenso es disfrutar del privilegio de contar con una casa como San Mamés. Pero esto ya no hay quien lo aguante. Las desgracias, como los paraguas, sólo son fáciles de llevar cuando pertenecen a otros. Portarlos un día sí y otro también en medio del chaparrón que no cesa acaba siendo una suerte de letanía. El martirio rojiblanco no parece tener fin.
El caso es que el equipo estaba haciendo las cosas bien. Sacando el fútbol que tanto hemos echado de menos durante meses de travesía del desierto. Hasta que apareció Villa. El 'guaje' es un chico educado. No tenía intención de molestar. «Son sólo cinco minutos», dicen que le oyeron susurrar en los momentos previos a la ejecución. El pistolero asturiano llegó, vio y disparó. Pim, pam, pum. Un trabajo muy profesional. El delantero del Valencia tiene apellido de revolucionario mejicano pero me recuerda más a otro compadre, aquel ratón supersónico que alegraba nuestras tardes de infancia. Pero este moderno Speedy González no llegó para aliviar nuestras penas. Sus tres cuchilladas desnudaron nuestras carencias y plasmaron en toda su crudeza la diferencia entre los que quieren y los que pueden. El Athletic no mereció tamaño castigo. Era inocente (quizá demasiado), pero el goleador ché no llegó a Bilbao para impartir justicia divina. Ese no es su laburo. Es un exterminador. La canción del verdugo sonó de nuevo en San Mamés. Fue una ejecución terrible pero legal, como la que narra con trazo firme Normal Mailer en su escalofriante novela.
El Athletic ha malgastado demasiado tiempo y ahora es el tiempo el que le malgasta a él. Esta vez el lobo viene de verdad. Soplará y soplará, pero nuestra casa no derribará. Hay equipo para salir vivos de ésta. Dice un proverbio chino que hasta un sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo un necio se queda sentado en él. Achacar los males de esta horrenda temporada a los caprichos del destino no resuelve nada. Sólo aporta confusión. De hecho, la afortunada combinación de resultados que se dio el domingo en otros campos evitó ver de nuevo a los rojiblancos en el abismo del descenso. Y estamos a cuatro jornadas del final. Pensarlo produce escalofríos. A pesar de la afortunada carambola de marcadores, integramos un grupo de cinco equipos separados por un solo triunfo. Un pelotón de la muerte en el que destaca la resurrección de un Cádiz que ha vuelto a ampliar a dos el número de billetes al abismo que siguen a la venta. Hay que levantarse y echar a andar. Salgamos de aquí. Corriendo. Y jugando. Pero que no cunda el pánico. Las mujeres, los niños y el Athletic, primero. Como recomiendan los bomberos a las víctimas de un incendio, será mejor no mirar hacia abajo. En el tren de la próxima Liga, seguimos teniendo reservado un vagón en Primera.