La central de Chernóbil, la instalación rusa que sufrió el 26 de abril de 1986 el peor accidente nuclear de la historia, se dedicaba «fundamentalmente» a producir plutonio para uso armamentístico, dijo ayer la presidenta del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN). María Teresa Estevan Bolea recordó su sorpresa al visitar la planta y descubrir que «aquello no era una central nuclear, sino otra cosa. Era, fundamentalmente, un centro de producción de plutonio 239, para utilizarlo en la fabricación de armamento nuclear y, de paso, producían unos pocos kilovatios».
En su opinión, sin embargo, el accidente hubiera sido «igual de grave» si la instalación solo se hubiera dedicado, como las demás, a la producción de energía eléctrica, «porque el problema era el reactor». Se trataba, explicó la presidenta del CSN, de un reactor de ebullición, con un diseño «deplorable», construido en una zona pantanosa «a pesar de todos los informes desfavorables», y con reactividad positiva. «Chernobil no tenía solución. En las centrales, las medidas de protección suponen más del 60% del coste. Los rusos decidieron omitirlas porque así eran mucho más baratas».
Una cadena de fallos
El 29 de septiembre de 1966, el Consejo de Ministros de la Unión Soviética dio el visto bueno a la construcción de las centrales nucleares de Leningrado, Smolensk y Kursk (Rusia), Chernóbil (Ucrania) e Ignalina (Lituania). Se trataba de un innovador proyecto que incluía la utilización de una tecnología revolucionaria, los reactores RBMK-1000, que servían tanto para producir energía eléctrica como plutonio para la fabricación de bombas atómicas.
Se los consideraba tan seguros que se decidió no aislarlos dentro de una carcasa de confinamiento, lo que, pese al riesgo, abarataba notablemente los costos de producción. Tenían además la ventaja de poder cargar el combustible en marcha. Su único inconveniente, que resultó fatal en el caso de Chernóbil, era que, a baja potencia, se hacían inestables: el reactor tendía a compensar la ralentización de la reacción en cadena interaccionando con el vapor que se desprendía de su núcleo activo. El resultado era un aumento incontrolado de la potencia.
Eso fue lo que pasó el 26 de abril de 1986. El reactor número 4 de la central iba a ser desconectado para realizar los trabajos habituales de mantenimiento. Se decidió aprovechar la ocasión para efectuar un experimento que permitiese comprobar si, en el caso de un corte total del fluido eléctrico, la inercia de la turbina del generador principal podría ser suficiente para alimentar los sistemas de seguridad, control y refrigeración del reactor hasta la puesta en funcionamiento de los generadores de emergencia.
Una caída repentina del nivel de potencia, consecuencia del error de un operario o de un fallo técnico, hizo que el reactor se desbocase. La falta de refrigeración hizo que la temperatura en el núcleo del reactor subiera peligrosamente. El intento de parada automática del reactor no surtió efecto porque las barras de grafito que sirven para moderar la reacción en cadena se quedaron bloqueadas. En menos de un minuto, dos explosiones se sucedieron con un intervalo de escasos segundos. El edificio que albergaba el reactor quedó derruido, se declaró un voraz incendio y el material radiactivo empezó a escapar a la atmósfera.
Aunque modernizados, en Rusia funcionan hoy día once reactores RBMK-1000, en Kursk, Sosnovi Bor y Smolensk.